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La cometa de Ifigenia

La primera vez que vi la cometa fue una tarde de noviembre. Y, si me pongo a pensarlo sinceramente, fue en circunstancias bastante estúpidas. Hacía unas pocas horas que mi novia me había dejado, después de varios años de convivencia. Me sentía solo, tonto y despreciable. Veía la basura que se acumulaba a los costados del camino y pensaba que aquellos paquetes viejos de papas fritas o aquel vasito descartable, tenían más valor que yo. Salí a caminar por una parte horrible de la ciudad: un viejo camino que conducía a un distrito industrial abandonado, en ese momento ya completamente dominado por los delincuentes, y que servía de base de operaciones para varias bandas de narcotraficantes. No había noche en la que en esa parte de la ciudad no se escuchara algún que otro disparo. Si moría alguien, o resultaba herido, nunca nos enterábamos: esa gente tenía sus propios hospitales, y sus propios cementerios.

Y precisamente allí —quizás, como un acto inconsciente inspirado por cierto deseo oculto de autoflagelarme— me condujeron mis pasos cansados aquella tarde, cuando vi aquel ridículo barrilete de color verde lima por primera vez. Asomaba desde el techo de una de las fábricas, de la cima de una especie de torre central que tenía la construcción. Como, a la azotea en donde estaba, la rodeaba un parapeto, desde la calle no llegaba a verse el final del cordel del que aquel juguete tironeaba constantemente; como si su anhelo más profundo fuera largarse de allí, e irse a jugar con el viento.

No sé exactamente qué fue lo que hizo que aquel volantín me llamara tanto la atención. Quizás fue que parecía nuevo, como recién fabricado, inmaculado en medio de la miseria que lo rodeaba. Quizás fue el impacto de ver algo tan inocente, tan infantil, en aquel sitio tan profundamente asociado con el peligro y con la muerte. No lo sé con certeza. Sólo sé que, en esa oportunidad, seguí caminando sin más y me fui con mi tristeza a algún otro lugar.

Pasaron los días y luego las semanas, y eventualmente mi novia volvió. Pero aquella relación estaba condenada, y al cabo de un tiempo interminable —plagado de discusiones, gritos, y sesiones de llanto larguísimas y agotadoras—, finalmente cada uno siguió su propio rumbo. Mi corazón se curó, como sucede siempre, y eventualmente la tristeza se terminó diluyendo en la nada; ayudada, en buena medida, por el olvido. Pero lo que siempre recordaba, lo que siempre estaba allí, como una idea constante en el fondo de mi mente, era aquella cometa. ¿Qué hacía allí? ¿Alguien la manipulaba, o la habían atado a algo y la habían abandonado así, sin más? ¿Tenía sentido seguir pensando en aquel juguete después de tanto tiempo? Pero la cuestión es que no podía deshacerme de ese recuerdo y un día, no sé bien por qué, me subí al coche y conduje al sitio donde la había visto.

La cometa seguía en el mismo lugar.

Su superficie verde lima no se había desvaído por el sol, su larga cola formada de cordeles y papelitos triangulares de colores no había sido rasgada por el viento. Seguía flotando allí, casi inmóvil en el aire, dándole sutiles tirones al piolín que la mantenía más o menos en su sitio.

La fábrica abandonada era intimidante. Parecía la calavera deforme de un gigante. Alguna vez había sido blanca, pero ahora estaba sucia y cubierta de grafitis. Las ventanas, sin cristales y sin marcos, se asemejaban bajo el sol a una sucesión interminable de vacías cuencas oculares. El interior era oscuro como la boca de un lobo. Un olor extraño emanaba de allí, que me hacía recordar los circos de mi infancia, esos que aún empleaban tigres y leones. Aquella fábrica apestaba como la guarida de una fiera.

Y en medio de semejante decadencia, coronándola como la estrella de Belén al árbol de Navidad más extraño del mundo, estaba la cometa. Inmaculada, largando reflejos verdes como una esmeralda etérea, desafiando a aquel cielo despejado y a ese sol de justicia que achicharraba todo lo que tocaba, menos a ella.

Sentía una necesidad casi incontrolable de entrar allí, para mirar más de cerca. Mi mente racional clamaba a gritos que aquello era una locura y que no había forma de que saliera vivo de semejante expedición, pero mi ser básico e instintivo necesitaba tocar aquel juguete como fuera. La fábrica era un monstruo que me quería dentro de sus fauces, y allí estaba yo, sin saber bien por qué o cómo, arrastrando los pies sobre la hierba, y acercándome a su sombra.

Recuerdo que lo último que pensé, antes de entrar, fue que el sol no se movía. Hacía mucho rato que yo estaba allí, pero las sombras no habían cambiado ni un poco. Decidí que sólo se debía a lo engañosa que puede ser a veces nuestra percepción del tiempo; y que, seguramente, el rato que había pasado mirándolo todo desde la calle, fue más breve de lo que yo pensaba.

El olor a fiera era insoportable dentro del edificio destartalado. Había por doquier huesos pequeños, imagino que de roedores: lauchas, ratones, ratas. En un rincón vi algo que me pareció, por la forma de los colmillos, el cráneo de un gato. No me detuve demasiado tiempo a analizarlo: buscaba desesperado una escalera que me condujera a la azotea. A la cometa. Al barrilete cósmico, mágico e imposible.

Por fin la hallé: estaba en el patio. Era una escala compuesta por barras de acero dobladas e incrustadas en el muro. No tenía ningún tipo de baranda ni de protección. El ascenso era de, al menos, veinte metros. Si alguna de las agarraderas estaba suelta o rota, podía matarme sin problemas. Pero ni lo pensé: simplemente trepé, lo más rápido que pude, hasta asomarme por encima del parapeto. Lo que encontré allí, no me sorprendió. Creo que, para esa altura, ya no podía asombrarme de nada.

Había un joven allí arriba. Debía tener, como mucho, trece años. Tenía la cara marcada de espinillas. Era alto —mucho más alto que yo—, pálido, y de una delgadez preocupante. Tenía el cabello castaño y enrulado. Parecía inmóvil. Estaba erguido allí, bajo el sol, sosteniendo la cometa. No se volvió a mirarme.

Me acerqué con cautela y me puse a su lado. Noté que, sin mover la cabeza, giraba los ojos. Empezó a llorar, silenciosamente. Las lágrimas caían por sus mejillas mientras todo su cuerpo —a excepción de sus ojos— permanecía inmóvil.

Levanté mi mano y la acerqué al cordel al que estaba sujeta la cometa verde, el cual él aferraba. El muchacho cerró los ojos, en un gesto de alivio. Mis dedos se cerraron sobre el hilo y en ese momento, él se movió. Me miró y me dijo:

—Lo siento.

Lo que sucedió después, fue espantoso: comenzó a envejecer ante mis ojos. En un instante fue un hombre adulto y, al siguiente, un viejo decrépito. Después murió, allí, de pie, y su cuerpo se secó como el de una momia. Cayó al suelo y su figura se desarmó en un montón de polvo. La brisa era leve, pero bastó para llevarse de allí todos sus restos.

En ese momento, me asaltó una intuición: mi cuerpo me pedía a gritos que no mirara la cometa. No llegué a reaccionar. Me giré, elevé la vista, y la fijé en el barrilete. Y fue entonces cuando, para mí, el tiempo se detuvo.

Lo primero que noté fue que el cielo se puso de pronto gris, y que había allí luces que se encendían y apagaban. Eran el sol, la luna y las estrellas: estaba viendo el paso de los días. Cada tanto sentía una humedad pasajera en el cuerpo, y sabía así que había llovido. De reojo lograba percibir, como brevísimos destellos, el tránsito de los autos por la calle. No podía girar la cabeza para verlos mejor, lo único que se movía, a costa de un enorme esfuerzo, eran mis globos oculares, que sólo dejaban de dolerme si miraba fijo a la cometa.

Me es imposible definir cómo logré dominarlo, pero en algún punto descifré que mi percepción del paso del tiempo dependía de mi concentración: si me esforzaba, podía elevar mi nivel de atención a los detalles, con lo cual cada cambio en mi entorno se me hacía más evidente y, así, el tiempo parecía pasar más lento. Pude entonces ser testigo del crecimiento de los árboles, del paso de los aviones, de los cambios en la silueta de la ciudad que se veía en el horizonte a la distancia. Vi cómo el cielo nocturno se llenaba de brillos artificiales y entendí que la humanidad comenzaba a conquistar el espacio. Más adelante, aparecieron también luces permanentes en la Luna. En algún punto, el mar creció tanto, que sus olas llegaron a lamer el interior de la fábrica. Vi a la ciudad a lo lejos caerse a pedazos, hasta quedar convertida en un montón de ruinas. Más adelante vi, en los árboles cercanos, ardillas y mapaches, allí, en el extremo más austral de Sudamérica.

En algún punto, la última luz de la ciudad a lo lejos se apagó. Se apagaron también los brillos que emanaban de la superficie de la Luna. Para ese entonces, por la calle, ya no transitaba nadie. Me relajé y dejé que el tiempo pasara como un torrente sobre mí. Liberé mi mente, y los días volvieron a ser juegos de luces y sombras cambiantes. Estaba contemplando la eternidad, y para mí ya no había ninguna esperanza.

La cometa seguía flotando, hubiera o no viento, inmaculada.

No sé bien qué me hizo salir de aquel trance. Supongo que algo debí percibir, aunque no puedo precisar qué. Me encontré atento, reteniendo con mi voluntad el paso del tiempo, y con el corazón anhelante. De pronto se me hizo evidente que había alguien trepando el muro. El sonido de las pisadas sobre las barras de metal era inconfundible.

Apareció detrás del parapeto una niña. No debía tener más de cinco años. El solo hecho de que estuviera allí era ya incomprensible, pero además vestía de blanco: llevaba una especie de vestido de comunión. Recordé los rituales de antaño, en los que hombres enajenados le daban muerte a niñas inocentes para aplacar la supuesta ira de los dioses. ¿Era eso lo que estaba sucediendo allí? ¿Era esa niña una nueva Ifigenia? Recordé lo que había dicho el joven justo antes de que yo aferrara el cordel, y entonces comprendí que mi voluntad tenía algo que ver en todo ese asunto: la niña sólo podía tomar mi lugar si yo se lo permitía.

Se acercó. Sonreía. Era semejante a mí: el mismo cabello oscuro, los mismos ojos marrones y profundos. Nunca tuve hijos, pero si los hubiera tenido, habrían sido parecidos a ella.

Vuelvo a pensar en Ifigenia. En algunos mitos, la hija de Agamenón es sacrificada a los dioses para que cambie el viento y la flota griega pueda partir hacia Troya. En otras versiones, Artemisa se apiada de ella, y es rescatada.  Al igual que la diosa, tengo el destino de esta niña en mis manos. A pesar de ser un hombre adulto, las cosas que he visto durante esta eternidad sin tiempo me han empujado al borde de la locura. ¿Qué podría hacerle entonces este maleficio al alma de un ser inocente como ella, cuya comprensión del mundo es prácticamente nula?

La niña da un paso. Levanta su mano pequeña. Quiere alcanzar el cordel. Por mis mejillas ruedan lágrimas.

—Lo siento —le digo antes de cederle la cometa, y de desvanecerme para siempre.