
—Acá tiene la soga que me pidió —me dice el hombre, antes de arrojarme a las manos una gruesa cuerda de cáñamo.
Su edad es indescifrable. Quizás, unos treinta años muy mal llevados a causa de las innumerables fatigas e infinitos días bajo el sol; o tal vez unos sesenta bien conservados, gracias a la vida al aire libre y una dieta exenta de alimentos transgénicos. Viste una camisa a rayas, unas bombachas de campo y se cubre la cabeza con una boina negra. Tiene los bigotes negros bastante crecidos y desprolijos, los dientes amarillentos, los ojos cansados y enrojecidos. Su piel es cuero curtido por el sol, sus manos una colección insufrible de callos y lastimaduras.
Siento la aspereza del cáñamo entre mis dedos. ¿Para qué le pedí yo a este hombre una cuerda? Tengo calor, y no puedo pensar con claridad. Sopla el viento, pero es seco y abrasante. Miro hacia arriba y descubro un cosmos infinito de ramas y de hojas, un laberinto de formas que, para mi cerebro agobiado por la canícula, resultan casi inconcebibles. Me doy cuenta de que estoy sentado a la sombra de un ombú. Y que éste es enorme.
El tipo que me dio la cuerda lee perfectamente las señas que el asombro le inspira a mi cara. Me dice:
—Cincuenta metros de altura. Al mediodía, el diámetro de su sombra se extiende casi sesenta metros. Algunos dicen que ya estaba acá mucho antes de que llegaran los primeros indios. Perdón: los primeros pueblos originarios.
Pronuncia esas últimas dos palabras con un desprecio visceral, y la fuerza de su odio racista hace que se me encojan las entrañas.
—Según las leyendas, este ombú está plantado justo en el centro de la pampa. Es más, algunos creen que toda la llanura no es más que la porción de tierra que este portento aplanó tras su caída, cuando descendió desde los cielos.
Mientras habla, el hombre se aleja de mí unos pasos. Mis ojos lo siguen y descubro que allí, a unos pasos de donde yo estoy sentado, hay una bomba de agua. El hombre acerca un cacharro y acciona la manivela unas cuantas veces. El agua brota, fresca y cristalina. Siento que la boca se me deshace en babas. El tipo sonríe y, mirándome a los ojos, toma un trago de agua. Se me cruza la idea de que puede estar gozando de hacerme sentir una sed tremenda, pero lo descarto. Nadie es así de cruel con un extraño, ¿o no?
—Es una trampa mortal —dice aquel hombre de pronto.
—¿Perdone? —digo yo. Intento seguirle el hilo a lo que me dice, pero no puedo. Hace demasiado calor.
—El árbol este —dice él—. Es una trampa mortal.
Una idea se enciende en mi mente. Me la imagino como una luciérnaga pequeña y débil, perdida en medio de una noche inconmensurable.
—No es un árbol, es un arbusto —afirmo.
Siento la boca pastosa, y me cuesta hablar. Me duele muchísimo también la garganta. Con un esfuerzo enorme, levanto una mano. Señalo la bomba. El agua.
—Me da lo mismo —dice el tipo, mientras acciona otra vez la manivela. El agua mana a borbotones, llenando el cacharro, sí, pero también mojándole a él la mano, las alpargatas, empapando la tierra—. Árbol, arbusto, planta, dígale como quiera. Es una trampa mortal de todas formas.
—¿Por qué? —pregunto, sintiendo que la sed me vuelve loco.
El hombre da un par de pasos, y me entrega el cacharro. Para agarrarlo, tengo que soltar la cuerda. Otra vez me pregunto para qué podía ser que yo se la haya pedido, pero enseguida descarto esa idea. Tengo sed. Tomo agua. Está rica y fresca, pero es escasa. Me pongo de pie, con la intención de servirme más, pero casi me voy al suelo: el mundo se pone oscuro, y me fallan las piernas.
Algo me atenaza el brazo. Siento un dolor intenso, brutal. El tipo me atajó en mi caída, sujetándome con una sola mano fuerte como el acero.
—Cuidado, tómeselo con calma, amigo —me dice.
Apoyo bien los pies en el suelo, y con un gesto le indico que ya puede soltarme. El brazo me queda dolorido, y pienso que de seguro me va a salir un moretón. Espero a que el mundo deje de dar vueltas. Buscando que la atención de aquel hombre se vaya detrás de cualquier cosa distinta a mi debilidad momentánea, le pregunto:
—¿Por qué dice eso del ombú? Que es una trampa mortal.
—Por su tamaño —me responde—. Imagínese esto en otra época: cuando los españoles llegaron acá, no había un solo árbol de horizonte a horizonte. La única sombra que había, a kilómetros y kilómetros de distancia, era la de este titán inmenso, inconmensurable.
»Pero nadie podía pensar que el ombú fuera de verdad tan grande. Así que, lo que creían, era que estaba más cerca.
»¿Alguna vez viajó a algún lugar con montañas? Yo no —mintió, innecesariamente—. Pero dicen que la montaña te engaña porque, por su tamaño, parece que estuviera más cerca.
»Con este ombú pasa lo mismo. Uno se aventura bajo el sol a buscar su sombra, pensando que está acá nomás, y en realidad, no llega nunca. A muchos los despachó el sol antes de que pudieran refugiarse bajo sus ramas. Según la leyenda, este campo en realidad está sembrado de cadáveres.
Su horrible relato no solo me despeja la mente, sino que hace que de vuelta tenga sed. Caminando lento esta vez, me acerco a la bomba de agua. Durante un rato no decimos nada, mientras yo lleno y vacío el cacharro varias veces. Cuando por fin siento que mi sed se apacigua, aprovecho para mojarme el pelo, la nuca y los brazos. Hace un calor insoportable.
—¿Mejor? —me pregunta el paisano.
—Sí, mejor —le digo.
—¿Ahora sí me va a contar cómo demonios es que llegó hasta acá? —me pregunta.
Las ideas empiezan a emerger lentamente, como burbujas elevándose desde el fondo cenagoso de un pantano. Les doy forma de palabras.
—Vengo de ver a un cliente —digo.
—¿Un cliente? ¿De qué trabaja?
—Soy escritor fantasma —anuncio y, por alguna razón extraña, esas palabras me dan paz. Es increíble cómo vinculamos nuestra actividad productiva o comercial con nuestra identidad. Decirle a aquel tipo qué hago yo para vivir, es casi como definirme por completo—. Trabajo para una editorial escribiendo las ideas de otra gente.
El tipo se limita a encogerse de hombros. «No lo juzgo, cada uno se gana la vida como puede», parece expresar ese gesto.
—Fui a ver a Evaristo Morales, el reconocido economista. Estoy escribiendo sus memorias. Es de ahí de donde vengo, de su estancia, que queda cerca de la laguna Las Marías. ¿La conoce?
El hombre solo asiente, y no agrega nada más.
—Evaristo vive en Barcelona, y viene a la Argentina muy de vez en cuando. Habíamos pautado este encuentro hacía mucho tiempo. Me acuerdo que cuando anunciaron lo de la ola de calor para estos días, sentí que me moría. Justo cuando yo tenía que meterme a hacer más de cien kilómetros por un camino rural para ir a ver a este tipo, la Argentina iba a terminar convertida por unos días en el lugar más caluroso del planeta. Pensé en cambiar la cita, pero conociéndolo a Evaristo era imposible. Nunca quiere trabajar de manera remota, le gusta que nos veamos cara a cara, y con lo complicada que es su vida o iba a verlo hoy, o tenía que esperar otros seis meses.
»Pensé que me había preparado bien, ¿sabe? Para empezar, no lo traje a Antonio.
—¿Antonio? —me pregunta el paisano.
—Mi hijo, tiene cuatro años. Es la luz de mi vida. Por lo general, cuando voy a visitarlo a Evaristo al campo, lo llevo conmigo. Ahí en la estancia lo adoran. Todos se ponen a su servicio. Lo llevan a andar a caballo, se mete a la pileta, hasta una vez lo dejaron manejar un tractor, sentado a upa de uno de los capataces. A él le encanta hacer este viaje conmigo. No se da una idea de cómo se enojó cuando le dije que esta vez no podía venir, pero tenía miedo de que pasara algo. Y pasó, no más. Como un imbécil no me fijé que el auto tuviera lleno el depósito de agua. Se sobrecalentó, y no pude seguir. Quise llamar al auxilio, pero acá no hay señal de teléfono, ¿no es cierto?
—Nada de nada —me confirma él.
Continúo:
—Al principio me quedé en el auto, con las ventanas bajas, esperando que pasara alguien, pero no hubo caso. El sol cada vez ardía más y más, así que, como los incautos en su historia, decidí que el ombú debía estar cerca, y me aventuré a tratar de alcanzarlo. Supongo que es entonces cuando lo conocí a usted, ¿verdad?
El tipo no me responde. Se limita a mirarme. Siento un escalofrío que me trepa por la espalda. La piel se me pone de gallina.
—¿Quién es usted? —le pregunto.
—Nadie. Yo solo vine acá a traerle a usted una cuerda —responde él.
Trato de hacer memoria, pero no puedo acordarme de nada. ¿Cómo llegué hasta acá? ¿Quién es este tipo?
—Basta —le digo—. Deje de jugar. Dígame su nombre.
—¿De verdad no lo sabe? —dice él.
Siento que el mundo se da vuelta. Claro que lo sé. Es evidente.
—A usted le dicen Juan sin Ropa.
El Diablo se empieza a reír. Es un sonido horrible. Siento que se me doblan las rodillas, que se me cierra la garganta.
—Déjese de estupideces, hágame el favor. ¿De verdad no lo entiende? Yo no estoy acá, y no hay ningún ombú de cincuenta metros de altura. Todas estas son idioteces que se inventó a usted mismo, desesperado, aterrado porque ya siente que viene a llevárselo la Muerte.
Abro los ojos. Con un esfuerzo sobrehumano, tiro hacia abajo de la cuerda de cáñamo que se me cierra entorno al cuello y logro absorber una bocanada de aire. La rama del ombú cruje bajo mi peso. Sopla el viento, caliente y seco, y me acuerdo de todo. Aflojo el cuerpo, dejo de luchar. No hay ningún Juan sin Ropa, solo existe Antonio. Enloquecido, lo abandoné en el auto. No podía mirarlo, y ver que ya no respiraba. Luchando contra mis instintos me relajo, porque quiero que la soga de una buena vez me quite la vida.
Pero lo último que pienso, antes de que la oscuridad me devore para siempre es que, si el Diablo no existe, ¿de dónde saqué yo esta maldita cuerda?
