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I

Me acosté vestido sobre el cobertor de la cama y cerré los ojos. Eran pasadas las dos de la mañana. Sentía todo el cuerpo adolorido, y la cabeza se me estallaba. Afuera arreciaba la tormenta. Aun con los ojos cerrados, podía percibir los destellos de los relámpagos, que se sucedían en ráfagas. El sonido de los truenos me reverberaba en las entrañas. Las gotas de lluvia repiqueteaban contra los cristales de las ventanas. El viento aullaba con furia.

Mi mente se deslizó lentamente a un estado que no podría calificar como sueño: era, más bien, un desfile dantesco de sombras imprecisas, de amenazas omnipresentes; pero que nunca terminaban de cobrar forma. Mi mente empezó a perderse en el laberinto que se construía a sí misma, y una sensación de terror comenzó a crecer cada vez más hasta que, desesperado, lancé un grito.

Me desperté sintiendo las manos de Walter que se cerraban como tenazas en mis hombros.

—Está usted experimentando una pesadilla —dijo el androide, sin dejar de sacudirme—. Niveles de estrés elevados. Se recomienda cesar con esta actividad.

A los manotazos me lo saqué de encima.

—¡Ya está! Ya está. Ya me desperté —le dije.

Walter se apartó de mí. Se quedó inmóvil allí, junto a la cama.

Miré la hora. No había dormido ni diez minutos. Miré al androide.

—Walter —le dije, mientras sacudía la mano, indicándole con ese gesto que se retirara.

Por supuesto que no lo comprendió.

—¿Sí, señor? ¿En qué puedo ayudarlo?

Resoplé.

—Retírate —le dije, fastidiado.

El androide no se movió.

—¿A dónde le gustaría al señor que me retirara?

—A cualquier parte de la casa que no sea aquí. Este es mi cuarto, quiero estar solo.

La máquina se tomó un momento para procesar la información. Después dijo:

—Está usted solo, señor. No hay otras personas en la habitación.

Me mordí el labio y respiré hondo, juntando paciencia.

—Ya lo sé, Walter. Te ordeno que vayas a la cocina y que esperes allí hasta que yo te llame. No vengas, sin importar lo que escuches. ¿Queda claro?

—Sí, señor. Me retiro —dijo, antes de marcharse.

No lo escuché moverse por el pasillo. Esas malditas máquinas son increíblemente sigilosas. Pero sabía que Walter había cumplido mis instrucciones a la perfección ya que, a diferencia de cualquier otro androide del mismo modelo, éste no tenía la imaginación o la autonomía suficiente para hacer ninguna otra cosa más allá de lo que se le ordenara.

Me planteé la idea de, ahora sí, desvestirme y acostarme debajo de las sábanas, pero la descarté. Sólo volví a desplomarme como estaba sobre el colchón y a cerrar los ojos.

Un minuto más tarde, sonó mi teléfono.

Tuve el instinto de arrojarlo con todas mis fuerzas contra la pared y hacerlo añicos. Quería descansar. En cambio, atendí. No me molesté en mirar el identificador de llamadas: sabía perfectamente quién estaba al otro lado de la línea, y qué era lo que me iban a decir.

Alguien había sido asesinado en Kennard V esa noche.

—Mujer caucásica, adulta, fue degollada —me dijo Sy Lyn—. Un androide de servicio la encontró junto a un contenedor de basura en un callejón, a metros de la quinta y Alcubierre.

—¿Cuánto tiempo lleva muerta? —pregunté.

—Minutos. Los sensores infrarrojos del androide aún captan algo de calor corporal.

Pensé en hacer uso de mi autoridad como director de la división de investigaciones de la policía de Kennard V y ordenar un cierre total de la zona, pero lo descarté. El asesinato había ocurrido en el distrito más ajetreado de la ciudad, poblado de bares, restaurantes, cines, teatros, discotecas y salas de juego. No podía impedirle la circulación a diez millares de personas.

—Confisquen los androides de servicio que hagan falta: quiero uno en cada esquina. Que busquen patrones de comportamiento extraño, e interroguen a cualquier persona que circule sola. También quiero un listado minucioso de cada vehículo que se encuentre a diez cuadras a la redonda, y de sus ocupantes —dije, antes de cortar.

Estaba bastante seguro de que aquellas órdenes eran innecesarias, ya que se trataba de procedimientos habituales en ese tipo de situaciones. Pero bueno, por algo soy el jefe. Es parte de mi trabajo decirles a todos lo que deben hacer. Sin embargo, de todo el talento que empleaba la división, sin dudas el de Sy Lyn era el que más se destacaba. Tuve mucha suerte con el reparto de guardias de esa semana: cualquier otro agente me hubiera llamado a mí de inmediato, casi como un acto reflejo. Lyn, en cambio, hizo lo que tenía que hacer: informarme, sí, pero también comenzar a investigar.

Mi habitación tiene un pequeño baño en suite. Fui hasta el lavabo a mojarme la cara, iniciando así el infructífero —y demasiado frecuente— ritual para tratar de despertarme del todo cuando hacía demasiado tiempo que no dormía como corresponde.

Me quedé un instante mirándome a los ojos a través del espejo. Tengo ciento treinta y dos años, pero mi aspecto ha cambiado poco a lo largo del último siglo, más allá de algunas superficialidades dictadas por los vaivenes del gusto y de la moda. Tuve el cabello más largo o más corto, hubo un tiempo en que me dejé la barba; pero, en general, me seguía pareciendo bastante al policía novato que había llegado en su momento —aún soltero y sin grandes expectativas—, a este rincón alejado de la galaxia.

Aún no nos terminábamos de adaptar a ese cambio: nadie sabía bien cómo se llevaba adelante una sociedad en la que la gente no envejecía. En la Tierra, la tasa de natalidad había caído en picada. En lugares como Kennard V, era habitual ver sentadas a la mesa a seis, siete, u ocho personas con aspecto similar, y que se tratara de un hombre congeniando al mismo tiempo con su tatarabuelo, con su tataranieto, y con todas las generaciones intermedias.

—Me importa un bledo lo que digas —le dije a la imagen de mi rostro en el espejo—. Yo sé que estoy demasiado viejo para pasarme cuarenta horas seguidas sin dormir.

Sin embargo, tuve que resignarme. Me sequé la cara, junté aire, y grité:

—¡Walter!

Me quedé escuchando si se acercaba, a pesar de que era inútil: ya mencioné lo sigilosos que son esos androides de servicio. Debieron haber pasado dos o tres minutos hasta que me convencí de que no iba a presentarse. Puse los ojos en blanco y luego, con fastidio, dije en voz alta y de manera muy clara:

—Café negro, para llevar.

Escuché como, detrás de los muros, mi apartamento se ponía en movimiento: me llegó el amortiguado sonido de servomotores activándose, de líquidos trasvasados y de chorros de vapor, mientras yo terminaba de vestirme. Finalmente, una pequeña puerta se abrió justo por encima de mi mesita de luz, revelando una taza de acero inoxidable.

Fue lo último que agarré, antes de salir de la habitación.

Walter estaba de pie, inmóvil, en la cocina.

—¿Por qué no viniste cuando te llamé? —le pregunté.

El androide me miró. Después, abrió la boca y reprodujo una grabación de mi voz en la que yo decía: «No vengas, sin importar lo que escuches». Verlos hacer ese truco —el de hablar usando la voz de uno— es espeluznante.

—No, Walter, no. No es a eso a lo que me refería… —comencé a argumentar, pero desistí. Tratar de explicarle esas cosas era imposible: incluso si lo comprendía, al día siguiente tendría que repetirle todo. No tenía memoria a largo plazo. En vez de discutir con él, cambié de tema. Le dije: —Vamos a salir. Tengo que trabajar.

—¿Desea indicarme cuál es la tarea que necesita que realice? —me respondió aquella máquina con aspecto humano—. Soy más eficiente si me da instrucciones precisas.

—No —dije—. Tu nivel de eficiencia es, y va a seguir siendo, lamentable. Quédate al lado mío y haz silencio hasta que yo te indique alguna otra cosa. ¿Te parecen instrucciones lo suficientemente precisas?

Me quedé mirando su estúpido rostro, modelado de acuerdo a los cánones hegemónicos de la belleza masculina: alto, de mandíbula cuadrada, cabello negro y corto, ojos azules como el firmamento de la Tierra, y cada músculo del cuerpo cincelado a la perfección, como los de un atleta olímpico. El androide no contestó mi pregunta. Tardé un instante en darme cuenta del motivo.

—Ah, claro. Te dije que hagas silencio hasta que te indique lo contrario.

Me resigné.

—No importa, vámonos —dije.

Mi automóvil estaba esperándonos en el garaje. Es un modelo viejo, pero de absoluta autonomía. Su interior es un espacio de unos dos metros cuadrados, acondicionado como un único asiento circular. No tiene volante, ni ningún tipo de controles. Me senté mirando en el sentido de la circulación. Walter se ubicó frente a mí. Se quedó allí, estúpidamente erguido sobre el asiento, con su boba mirada artificial perdida en la nada.

—Quinta y Alcubierre —dije.

El vehículo se puso en movimiento. La puerta del garaje se abrió automáticamente, justo el tiempo necesario como para permitirnos el paso, y luego se cerró. Mi automóvil se introdujo en el tráfico de manera fluida y sin incidentes: cada máquina que circulaba por la ciudad se comunicaba con las demás y se coordinaban entre sí de manera precisa, como el mecanismo de un gigantesco reloj. Apenas abandonamos la protección de mi casa, la lluvia nos envolvió. Walter alzó la mirada, concentrándose en el sonido del constante golpeteo de las gotas contra la chapa.

—Es lluvia —le dije, aunque imagino que él ya lo sabía. Era estúpido, pero no tanto. Luego, agregué: —En Kennard V siempre llueve.

El androide bajó la vista y la concentró en mí. Luego de un instante, muy lentamente, levantó la mano, como un alumno en clase, como si estuviera dispuesto a hacer la pregunta más estúpida de la historia de la humanidad.

Puse los ojos en blanco antes de decir:

—¿Sí?

Walter no dijo nada. Resoplé y le ordené:

—Puedes hablar.

Sus palabras salieron disparadas en una ráfaga rapidísima. Si no supiera que se trata sólo de una máquina, hubiera interpretado aquello como ansiedad.

—¿Por qué siempre llueve en Kennard V? —preguntó.

—¿No encuentras la información en Internet? —le pregunté.

—Realicé una búsqueda y obtuve resultados, pero no logro correlacionarlos adecuadamente. No hay información en mi banco de memoria a largo plazo. Deduzco que he sido activado de manera reciente.

—No. Trabajas en mi casa desde hace casi cuarenta años, prácticamente desde que te fabricaron.

Walter se tomó un segundo para procesar la información. Después dijo:

—Entonces, hay algo defectuoso en mí. Debería llevarme a un servicio técnico.

Negué moviendo la cabeza, fastidiado.

—No tengo tiempo. Vas a tener que servirme así como estás.

Nos quedamos en silencio. Luego, la mano de Walter, aún más lento que la vez anterior, se volvió a alzar.

—En Kennard V llueve siempre porque es inevitable —le dije, con fastidio—. Vivimos en un planeta que tiene un volumen cinco veces superior al de la Tierra, pero que posee un sólo continente, ligeramente más grande que Australia y muy cercano a la línea ecuatorial. Lo demás, es un profundísimo océano de agua dulce. Y no sólo eso, sino que, encima, Kennard V orbita un sistema binario compuesto por una gigante roja y una enana marrón. Las estrellas se orbitan una a la otra... mejor dicho: orbitan ambas un punto en el espacio que se encuentra entre una y otra, en ciclos bastante rápidos. Es un sistema solar inestable; habitable por ahora —y quizás por varios cientos de miles de años más—, pero que, tarde o temprano, va a colapsar. Varios modelos predicen que Kennard V terminará por convertirse en un planeta errante, en una gigantesca bola de hielo atravesando para siempre la oscuridad del espacio profundo. Pero, para eso, faltan aún incontables generaciones.

»Volviendo al clima, la cuestión es que, mientras los dos astros danzan entre sí, el planeta los rodea a ambos a paso muy lento: un año en Kennard V equivale a poco más de cuatro años en la Tierra, pero en ese tiempo los soles se orbitan uno al otro unas treinta veces. El resultado práctico, es que este planeta tiene, alternadamente, quince veranos y quince inviernos en un sólo año, cada uno con una duración de unos veinte días locales, lo que equivale a unas dos mil cuatrocientas horas terrestres.

»Por lo tanto, si sumamos las constantes variaciones de temperatura, a un planeta que alberga varias veces la cantidad total de agua que acumula en su conjunto todo el sistema solar, el resultado es este: un clima de porquería. Hace casi noventa años que vivo en Kennard V, Walter, y nunca vi, ni siquiera una sola vez, el cielo despejado.

Walter apartó la vista un momento, como si pensara. En realidad, estaba buscando información en Internet.

—Hay más de cuarenta mundos habitados a menos de cien años luz de Kennard V —me dijo—. Si le desagrada el clima, ¿por qué no se va a vivir a otro lugar?

—Porque uno no abandona el juego sólo porque éste sea difícil, Walter —dije, a modo de toda respuesta.

Di por concluida la conversación. Saqué el móvil del bolsillo y empecé a revisar los mensajes que, durante los últimos cinco minutos, me había estado enviando Sy Lyn. Contenían fotografías de la escena del crimen y el video de cuando el cadáver fue hallado. Estaba filmado por las cámaras estereoscópicas que el androide llevaba por ojos. La máquina, gracias a su modo de control remoto, le había permitido a mi colega iniciar la investigación de inmediato, al tiempo que se acercaba en persona hasta el lugar.

—Creo que mis fallas son aún más extendidas que lo que había supuesto —dijo Walter, de pronto—. El planeta Kennard V, nombrado así por haber sido el quinto mundo habitable descubierto por el explorador interestelar John Kennard, tiene una sola ciudad, cuyo nombre es, también, Kennard V. El reporte meteorológico de los últimos cuarenta años muestra que hubo tres días de cielos despejados. Sin embargo, usted dice que nunca evidenció tal clima. ¿Puede ser que, de alguna forma, mi unidad de procesamiento esté corrompiendo los datos que encuentra en línea?

Su planteo me tomó completamente por sorpresa. Confundido, dije:

—¿Qué? No, Walter. Los datos están bien.

—Pero usted dijo... ¿lo que dijo es una mentira, entonces?

—Tampoco, piensa: según los resultados de tu búsqueda, fueron sólo tres las ocasiones en las que el cielo estuvo despejado en los últimos cuarenta años. Como te explicaba recién, cada rotación de Kennard V sobre su propio eje dura unas ciento veinte horas terrestres, por lo que los ciclos de sueño y vigilia no son determinados, en este planeta, por el día y la noche, sino que cada persona tiene sus propios ciclos, que son a su vez coordinados con los de los demás de manera dinámica y compleja. Además, la estación de policía tiene las celdas, las salas para interrogatorios y el depósito de evidencias, que son todos espacios sin ventanas. Quizás estaba durmiendo cuando el cielo se despejó, o quizás me lo perdí, sencillamente, porque no estaba mirándolo.

Walter se tomó un segundo para procesar lo que le decía.

—Los datos son correctos. Mi unidad de procesamiento es confiable. Pero, de todas formas, no tengo memorias a largo plazo, lo cual afecta de manera importante mi desempeño. Si usted no cuenta con tiempo, he encontrado cuatro lugares a los que puedo llegar caminando, y en donde pueden arreglarme. Si usted me autoriza, yo...

—Hemos llegado a destino —lo interrumpió el anuncio pregrabado del sistema de navegación del automóvil.

—Después lo hablamos, Walter. Ahora necesito que me ayudes —le dije, antes de descender del vehículo.

Salí a la tormenta. Mi cabello, mi piel y mi ropa habían sido tratados con un aerosol hidrófobo, por lo que el agua resbalaba sobre mí sin mojarme. Mi automóvil se marchó para buscarse un lugar cercano en dónde estacionar. Caminé unos metros con Walter siguiéndome de cerca, y me adentré en el callejón. Sy Lyn estaba de pie junto a la víctima. Su figura, menuda y delgada, le daba un aspecto engañosamente frágil. Llevaba el cabello rubio cortado muy corto, con un flequillo peinado a la derecha que le llegaba hasta las pestañas. Sus ojos cibernéticos de color violeta brillaban de manera antinatural en medio de la noche. Para evitar un deterioro innecesario de la escena del crimen, había hecho cubrir el lugar con un toldo de lona. Seis androides uniformados acompañaban a Sy. Siguiendo sus órdenes, registraban las zonas aledañas buscando evidencias. Otro androide vestido con delantal de cocinero —e idéntico físicamente a Walter, al menos a simple vista— esperaba bajo el aguacero, también impasible, junto a mi colega. Esa era la máquina que había encontrado el cuerpo.

Quise hablar pero, en ese momento, Walter vio a la mujer muerta sobre el asfalto mojado.

—Se ha detectado un crimen —dijo, proyectando su voz con toda la potencia de la que era capaz, aturdiéndonos—. Avisando a las autoridades.

—Walter no... —comencé a decir, pero era tarde.

—Ingresando en modo de control remoto —anunció, ahora en un volumen normal.

—¡Nosotros somos las autoridades, máquina estúpida! —me quejé.

El teléfono de Lyn comenzó a sonar. Riéndose de lo ridícula que era la situación, lo atendió y lo puso en altavoz. Las palabras de Walter comenzaron a escucharse con eco: salían de su boca y, unas décimas de segundo más tarde, del parlante del celular.

—Se ha detectado un crimen en un callejón cercano a la calle quinta y Alcubierre. Se concede a usted control completo de la unidad —dijo.

Suspiré y cerré los ojos, buscando serenarme. Cuando los abrí, vi una mueca burlona en la cara de Sy Lyn.

—¿Qué le pasa? —me preguntó, señalando a mi androide de servicio con la cabeza.

—Tiene un defecto en la unidad de mantenimiento secundaria. Se le borró toda la configuración.

—¿Cómo? —preguntó Sy.

—Estas unidades —le expliqué— tienen dos sistemas de almacenamiento: el principal, que es el que usan todos los días y con el que operan normalmente, y uno secundario, que sirve para hacer un respaldo de la información. Cuando entran en modo de control remoto, hacen automáticamente una copia de todos sus archivos al sistema secundario y restablecen el primario con la configuración de fábrica, de forma tal que el operador no tenga que lidiar con ninguna personalización que haya hecho el dueño.

»Imagínate, por ejemplo, que el propietario de este restaurante, por cualquier razón, hubiera decidido anular las funciones de la cámara térmica de ese androide —dije, señalando al gemelo de Walter vestido de cocinero—. Hace un rato, cuando te conectaste a él remotamente para analizar la escena, no hubieras podido medir la temperatura de la víctima. ¿Entiendes? El restablecimiento de la configuración asegura que todos los sistemas sean funcionales.

Lyn se encogió de hombros.

—Mire usted, jefe. No lo sabía. ¿Me desconecto del modo remoto?

—¡No! —dije, apresuradamente—. Si te desconectas ahora, va a ver todo esto y su sistema de alerta se va a disparar de nuevo. Déjalo así hasta que hayamos retirado el cuerpo, o hasta que estemos listos para irnos. ¿Pudiste identificarla?

—Envié una muestra de las huellas dactilares a la estación, pero todavía se está corriendo la búsqueda —me dijo.

Se me escapó un resoplo.

—Maldita sea. Mil veces les dije que purguen la base de datos. ¿Para qué quiero tener registros de medio billón de personas? Ni a propósito podríamos diseñar un sistema más ineficiente.

—Esta ciudad recibe decenas de miles de turistas todos los días, jefe. Es lógico tener registros no sólo de los habitantes permanentes, sino de todas las personas que circulan por los sistemas estelares aledaños. Las búsquedas por lo general duran sólo algunos minutos. Me parece que lo único ineficiente aquí, es su impaciencia —me dijo.

No respondí nada. Nunca voy a enojarme con alguien por decirme lo que piensa.

Especialmente si lo que me dice es, objetivamente, la verdad.

—¿Cámaras de seguridad? —le pregunté a Lyn.

Me señaló la puerta trasera del restaurante. Allí había colocada una, con forma de domo.

—Aquella se puede girar, pero quedó apuntando hacia la puerta y no captó nada —después señaló hacia la calle quinta, en donde desembocaba el callejón—. Los dos edificios de enfrente también tienen cámaras, pero el callejón no llega a entrar en cuadro.

Me quedé pensando. Caminé hasta la vereda. Miré las cámaras. Sentí un dejo de esperanza, aunque débil. Cuando dije que el talento de Sy es superior al del resto del personal de la división, lo dije en serio. Es, incluso, superior al mío. ¿Podía ser que se le hubiera escapado lo que yo acababa de ver?

—Revisa bien las grabaciones. El asesino tiene que aparecer en alguna de las tres. Si, cuando salió del callejón, caminó hacia Alcubierre, lo tuvo que haber captado aquella cámara —dije, señalándola—. Si caminó hacia Armstrong, lo tuvo que haber captado la del otro edificio. Y si, en cambio, huyó metiéndose en el restaurante, tiene que estar en la filmación que muestra la puerta trasera.

—Ya las revisé. Lo voy a volver a hacer, de manera más minuciosa. Pero por la puerta del restaurante, en las últimas tres horas, no salió nadie aparte del androide de servicio. Y lo que se ve en las demás, coincide con un tránsito normal: quienes salen de la vista de una cámara, aparecen al poco tiempo en el rango de la otra. No hay nadie que «desaparezca» metiéndose en el callejón.

—¿Y cuál es tu teoría? ¿El asesino se materializó de la nada?

—Hay una escalera de incendios a mitad del callejón que no se llega a ver en ninguna filmación. Una persona en buen estado físico podría haberla alcanzado de un salto. No encontré huellas ni marcas de calor pero, si estaban, quizás las borró la lluvia.

»Tenemos que revisar con más cuidado las filmaciones, y también analizar otras cámaras ubicadas en la manzana. Si tengo razón, y el asesino huyó a través del edificio de al lado, tarde o temprano tiene que aparecer en alguna imagen.

Miré hacia arriba. La construcción en cuestión debía tener, al menos, veinte plantas, cada una con cuatro apartamentos. Debían vivir allí, de manera permanente, al menos, unas ciento cincuenta personas. ¿A cuántas de ellas podríamos descartar por su estado físico, que no les permitiría alcanzar la escalera de un salto? ¿Cuántas personas habían pasado caminando por delante de ese callejón en la última hora?

Estaba pescando en un estanque demasiado grande. Tenía que encontrar la forma de hacerlo más pequeño.

Todo asesinato tiene un motivo.

¿Quién era esa mujer, y por qué alguien había querido matarla?

Me metí debajo de la lona y concentré en la víctima toda mi atención.

La muerte siempre es horrenda. Por lo general, las personas que mueren asesinadas lo hacen presas del mayor terror. Hay muchas cosas que suceden en esos últimos instantes que no son nada agradables: al pánico le importa muy poco la decencia. En mi experiencia, las escenas de crímenes son bastante repugnantes.

Ésta era la excepción. La lluvia lo había lavado todo, y había convertido al asfalto en una superficie negra y reflectante, limpia y despejada. La mujer vestía una larga gabardina negra, pantalones de cuero negro, y botas de media caña. Su cabello rubio se derramaba como un torrente de trigo, cubriéndole el rostro y escondiendo el horror de su deceso. Gracias al uso del aerosol hidrófobo, aún estaba seco y Sy Lyn no se lo había apartado: seguramente vio la herida fatal en su garganta gracias a las imágenes infrarrojas captadas por el androide de cocina. La escena tenía una especie de mórbido encanto. Si no hubiera estado en el piso, en un callejón, a metros de un contenedor de basura, uno podría suponer que aquella mujer, joven y bella, estaba simplemente durmiendo sobre un lecho de obsidiana.

Me agaché junto a ella. Saqué un bolígrafo del bolsillo y, despacio, con delicadeza, le aparté el pelo. Me encontré con unos ojos grises, fríos como la nieve, abiertos de par en par. Con una nariz pequeña y afilada. Con unos labios blancos, muertos, eternizados en una mueca horrorosa.

Sentí que el corazón me iba a estallar. Junto con un pavor intenso, una certeza innegable cobró forma en mi mente:

Yo conocía a esa mujer.


¿Querés saber cómo sigue?

Esto es solo el comienzo de Muerte en Kennard V. Conseguí la novela completa.


Sobre el autor

Hay, por las pampas argentinas, en una ciudad que cuelga al borde del mar, un hombre al que le encanta contar historias. Algunas son ingenuas e inocentes como los sueños de un enamorado; otras, tienen esa cualidad terrorífica que caracteriza incluso a las peores pesadillas; las más, son historias nacidas del raciocinio y el análisis objetivo de un problema narrativo concreto. Es que, como sus personajes, este hombre es a la vez muchos hombres; un reflejo acrisolado de su contexto: su familia, sus amigos que partieron hace tiempo, su ciudad con alma de pueblo y su país de alma vaga e incumplidos delirios de grandeza. De él sólo podemos decir esto: quizás el hombre no sepa cómo realizar las tareas más mundanas, o cuál es la diferencia entre un cumplido y una declaración de amor encubierta; pero, lo que sí es seguro, es que siempre tendrá por allí alguna historia nueva que contar. Es que, para él, contar historias es casi tan fácil como caminar. Casi como si, en el intrincado e incomprensible laberinto de sus sendas mentales, ambas cosas fueran prácticamente lo mismo.

Pablo Jacobo es escritor. Nació en el año 1983, apenas unos meses antes de que Alfonsín se sentara en el sillón de Rivadavia. Es oriundo de Mar del Plata, Argentina. Ha escrito infinidad de cuentos cortos, muchos de los cuales aún esperan que los saquen de un cajón y puedan ver la luz.

Se formó como director de cine, estuvo al frente del MARFICI (el Festival Internacional de Cine Independiente de Mar del Plata) y fue Director General en la Secretaría de Cultura del Partido de General Pueyrredón.

Recientemente, su relato breve titulado «El Mate» fue seleccionado como uno de los cuentos finalistas del concurso Con Cierto Recuerdo 2.

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