
La bruma aún invadía las calles de La Boca, el mítico barrio porteño. Juan Giménez miraba al vecindario vacío con aprensión. Aún sentía el movimiento del mar bajo sus pies, tras semanas de travesía transoceánica. El sol se ocultaba bajo un espeso manto de nubes que amenazaban lluvia, y el calor era abrumador. Pero a Juan, en el fondo, aquello le agradaba. Siempre se sentía feliz de sentir bochorno. Tras los fríos de Leningrado, y de los bosques de Rusia, su cuerpo se llenaba de una profunda sensación de éxtasis cada vez que sentía calor. ¿Después de todo, no había estado el frío a punto de matarlo?
Recorrió con paso inseguro algunas cuadras, tratando de orientarse, pero no reconocía el nombre de ninguna de las calles. Aferraba un papelito escrito a lápiz con la mano izquierda, al que volvía a mirar cada dos segundos como si, por arte de magia, los débiles trazos grises pudieran mutar y desaparecer, dejándolo sin su única referencia, perdido en esa ciudad extraña, para siempre.
«Deja de pensar estupideces, hombre. Si te pierdes, siempre puedes preguntar. Alguien sabrá en dónde se encuentra el conventillo.»
Dio vuelta en una esquina, y se topó con un gato. El animal se quedó mirándolo fijamente a los ojos, y Juan tuvo que hacer un enorme esfuerzo consciente para evitar que se fijara en su mente la idea de que, aquella criatura, de alguna forma, lo había estado esperando. Por poco, esperaba que el felino comenzara a hablarle. En vez de eso, el gato simplemente se levantó, se giró, y se alejó por la calle. Unos metros más adelante, se metió en un edificio. Juan avanzó detrás de él. Cuando se acercó, vio un cartel que decía «Miraflores». Aquel era el sitio que le habían recomendado.
Entró a un patio interno, que era el corazón del edificio. Estaba rodeado de balcones y escalinatas de hierro. Era muy temprano en la mañana, y la casa permanecía silenciosa. Había una mujer solitaria, añosa como una pirámide egipcia, sentada allí. Estaba tejiendo. Juan se le acercó.
—Buenos días —dijo.
—Buenos serán para usted —respondió la mujer. —¿Qué quiere?
—Me dijeron que aquí se podía alquilar una habitación.
—¿Quién le dijo eso?
—En el puerto, un señor…
Se interrumpió porque, de pronto, el pasillo que se internaba en dirección a la cocina se llenó del ruido de unas chancletas, que aporreaban el piso.
—¡Mamá, dejá a ese hombre en paz! —gritó alguien.
Otra mujer llegó al patio. Tenía el cabello negro, y el cuerpo grueso. Era, al menos, tres décadas más joven que su madre, pero aún así sus tiempos de parir hijos habían pasado para siempre.
—Perdón —le dijo. —A mamá le gusta hacerle bromas a los clientes. Soy Clotilde.
Le tendió la mano. Juan se la estrechó.
—Un gusto —le dijo. Juan no respondió. Clotilde continuó, como si nada. —¿Es usted solo?
—Sí.
—¿Y quiere una habitación individual? Si la comparte, le sale más barato.
—Prefiero una individual —dijo él.
—Muy bien. Tiene que pagarme por adelantado —dijo Clotilde.
Juan se sonrojó.
—Recién bajo del barco. Sólo me quedan unas pesetas. Le prometo que, apenas consiga trabajo…
—No, no, no, gallego. No —dijo Clotilde, con firmeza. —Acá no le fiamos a nadie. Volvé cuando tengas plata.
Se giró, dispuesta a irse. Juan insistió.
—¿Hay alguna casa de empeños cerca?
La mujer se detuvo.
—¿Qué querés vender? —le preguntó.
—Algunos objetos personales. Recuerdos, de la guerra.
—Andá a verlo a Rabinovich. Seguí por Magallanes dos cuadras, y doblá a la derecha. Es un local pintado de negro. Tiene la palabra “empeños” escrita en la vidriera.
·
Juan Giménez, el español, se fue del conventillo cargando su morral, lo único que había traído de Europa consigo, aparte de la ropa que llevaba puesta. Para entonces, la ciudad empezaba a despertarse: los locales estaban abriendo, y a cada minuto había más, y más tráfico en las calles. El olor a podrido del Riachuelo saturaba el ambiente. Juan llegó hasta la esquina indicada, y dobló. La casa de empeños resaltaba como un diente putrefacto, pintada de negro en medio de los edificios coloridos de La Boca. Él abrió la puerta y entró. Más allá de la mercadería, el lugar estaba vacío. Juan Giménez se acercó hasta el mostrador y esperó, pero nadie venía a atenderlo. Carraspeó, para hacer ruido y hacerse notar. El sitio estaba abarrotado de baratijas y antigüedades. Los objetos de mayor valor estaban metidos en muebles vidriados, y bajo llave. Había relojes, alhajas, revolveres antiguos. Juan perdió la paciencia y empezó a aplaudir. Una voz gruesa se alzó desde los fondos del comercio:
—¡Ya va! —gritó un hombre.
Apareció un tipo gigante. Medía, al menos, dos metros de altura, y era grueso como un armario. Vestía pantalón negro, chaleco negro, y camisa blanca. En la cabeza, llevaba un kipá. Dos larguísimos peyot, los tradicionales rizos de los judíos ortodoxos, le enmarcaban el rostro.
—Buen día —le dijo el hombre.
—Buen día —respondió Juan. —¿Es usted Rabinovich?
A modo de respuesta, el comerciante sólo levantó las cejas.
—¿Qué necesitás? —le preguntó.
Juan abrió su morral y rebuscó dentro. Finalmente, sus dedos se cerraron en torno a una cajita aterciopelada. La sacó, la abrió, y la puso sobre el mostrador. Dentro había una medalla. Rabinovich la miró con interés.
—¿Qué es esto? —le preguntó.
—Una cruz de hierro de segunda clase. Distinción del ejército español. ¿Le interesa?
Rabinovich se mordió el labio mientras pensaba. Tomó la medalla para mirarla más de cerca. Finalmente, la volvió a dejar en la caja.
—No mucho —le dijo a Juan, con sinceridad. —¿Tenés algo más?
El español dudó. Finalmente, volvió a meter la mano en el morral. Sacó de allí un puñal de acero. Tenía el mango negro, cubierto de cuero, al igual que la vaina. La empuñadura estaba adornada con una Reichsadler de plata, el águila imperial del Tercer Reich. Se lo pasó al comerciante.
—¿Qué es esto? —le preguntó él, al recibirlo.
—Una daga de guerra de la SS.
Rabinovich vio la svástica en el mango del arma y levantó la vista.
—¿Y usted cómo la consiguió?
Juan dudó sobre si responder o no. Finalmente, decidió decir la verdad. Miró a Rabinovich a los ojos y le dijo:
—Me la regaló un amigo alemán, con el que serví en la guerra. Fui miembro de la División Azul del ejército español, y marché contra los rusos, dentro de las filas alemanas.
El comerciante no se inmutó.
—¿Y justo a mí me venís a vender esto, gallego?
Juan no respondió. Rabinovich pareció de pronto decidido a deshacerse de él a toda costa.
—Vení más tarde. Después del mediodía. Voy a hablar con un posible comprador. Si a él le interesa, puede ser que hagamos un trato.
—No. Necesito el dinero ahora —insistió Juan.
—Me importa una mierda lo que necesites vos, gallego. Si querés, volvé a la tarde, y capaz te compro la daguita. La medalla, no. No me interesa. Pero el cuchillito ese, capaz que sí. Ahora andate, antes de que cambie de opinión, y decida que no quiero comprarte nada.
·
Juan abandonó la casa de empeños sintiendo una profunda humillación. Se alejó de allí, vagando sin rumbo. No sabía qué hacer. Empezó a dar vueltas por el barrio mirando las casas y los locales, buscando alguna otra pensión en dónde preguntar. La gente no lo miraba. Pasaban junto a él como si fuera un fantasma, cada uno enfrascado en sus propios asuntos. Sin saber bien cómo, finalmente llegó a una plaza. Vio allí un banco, debajo de un árbol, que parecía invitarlo. El calor era abrumador, y la lluvia aún se atrasaba. Juan se sentó en el banco. Le había empezado a dar hambre, pero también sentía muchísimo sueño. Apoyó el hombro contra el tronco del árbol y cerró los ojos. Sin darse cuenta, se durmió.
Estaba en un lugar oscuro. Abejas enfurecidas zumbaban a su alrededor, sólo que no eran abejas: eran balas. El bosque se cerraba sobre él como una tumba precoz, como si la oscuridad quisiera devorarlo para siempre. Escuchaba gritos a su alrededor, el sonido de gente muriendo. Los rusos los masacraban. Y los que morían de a decenas, a su alrededor, eran sus amigos.
Se despertó sintiendo un fuerte golpe en la pierna. Abrió los ojos para ver a un oficial de policía inclinado sobre él. Quizás habían pasado apenas diez minutos, pero el sueño había sido profundo, y Juan se sentía desorientado. El oficial lo había pateado para despertarlo, y parecía dispuesto a darle un segundo puntapié.
—Arriba, vago. No se puede dormir en la plaza —le dijo. —Andate de acá, vamos.
Juan no supo qué decir. El policía insistió.
—¿Sos sordo? Levantate —dijo, llevando la mano a la empuñadura de su cachiporra.
El español sintió súbitamente que lo invadía la ira. Pensó en abalanzarse sobre ese hombre, quitarle el revólver que tenía sujeto a la cintura, y despacharlo de tres o cuatro tiros. Pero se contuvo. Lo que menos necesitaba era terminar sus días en un calabozo.
—Sí, oficial, perdone. Ya me retiro —dijo.
—Eso, sí. Andate de acá, gallego de mierda. En mi plaza no quiero vagos —dijo el policía.
Bajo la hostil mirada del agente, Juan recogió su morral dispuesto a irse pero, a último momento, se detuvo.
—Disculpe —le dijo. —¿Sabe usted de algún lugar donde pueda pedir trabajo? Acabo de llegar de España.
—No, no sé —fue la respuesta. —No se me ocurre ningún lugar al que le pueda servir un gallego bruto como vos. Andate de mi plaza.
Juan obedeció. Se internó de nuevo entre las calles adoquinadas, sin saber bien a dónde estaba yendo, sin estar seguro de poder volver a encontrar ni el conventillo, ni la casa de empeños, ni aquella maldita plaza. Dio vueltas por horas, cansado, hambriento y perdido, sin tener idea de a dónde ir. En un momento, escuchó lejanas las campanas de una iglesia, que daban las once de la mañana. Sólo un rato más tarde, empezó a llover. Se refugió debajo de la marquesina de una farmacia. Sin embargo, el viento hacía que la lluvia cayera oblicua, por lo que empezó a empaparse los pies, y los pantalones. Se sintió desesperar. La idea de volver a la casa de empeños, apuñalar al hombre aquel que no había querido comprarle su daga, y robarle todo lo que tenía escondido en las vidrieras, se le cruzó una y otra vez por la cabeza. Estaba furioso. Sentía que no podía resistir una sola humillación más.
Alguien gritó. Una mujer, o una niña quizás. Era una llamada desesperada. Pedía auxilio. Fue tan súbita y desconcertante, que Juan tardó un minuto en darse cuenta de que no la estaba soñando.
Escuchó un nuevo grito, y no dudó. Salió de debajo de la marquesina, y dejó que lo empapara la lluvia. Llegó a la esquina y, al girar, vio a un hombre forcejeando con una muchacha en un zaguán. Intentaba quitarle la cartera. Ella se resistía con valentía, mientras pedía ayuda a los gritos. Juan corrió y, sin advertencia alguna, aferró al tipo de la camisa y tiró hacia atrás de él, obligándolo a soltar a su presa, y arrojándolo al piso. El ladrón, sorprendido, no supo reaccionar. Él aprovechó, y le metió una patada en la mandíbula, noqueándolo. Lo dejó allí, tendido en el suelo cuan largo era, debajo de la lluvia. Juan, enfurecido, enajenado, dispuesto a descargar sobre aquel sujeto toda su ira e indignación, estuvo a punto de abalanzarse sobre él y seguir golpeándolo hasta matarlo… pero un toque gentil lo detuvo. Era la muchacha. Le había aferrado con delicadeza el hombro.
Juan se volvió hacia ella y la miró a los ojos. Como por arte de magia, en ese mismo momento, cesó la lluvia y un rayo de sol, tímido y gentil, se abrió paso entre las nubes. La luz los envolvió. Ella tenía el cabello mojado, y la cara pálida por el miedo. Era hermosa.
—Déjelo —le ordenó. —Ya está, déjelo. No vale la pena.
Juan se sintió atrapado por los ojos grises de aquella extraña. Por la forma delicada de su rostro. Por su miedo, por su tristeza, por su vulnerabilidad.
—¿Está bien? —le preguntó.
—Sí, sí. Estoy bien.
Juan se dio cuenta de que tenía que sacarla de allí, y alejarla del peligro. No creía que el tipo aquel se fuera a levantar, pero uno nunca podía estar seguro. Y, además, podía tener secuaces.
—Venga —le dijo a la muchacha. —Vayámonos de aquí.
·
Caminaron juntos sin ir a ninguna parte, sólo distanciándose lo más posible de aquel zaguán, y de aquel hombre. El aire olía a verano y a tierra mojada. La tormenta se había alejado, devorada por el Río de la Plata, y el sol brillaba cada vez con más fuerza. Al llegar a una esquina, Juan le preguntó:
—¿A dónde vamos? ¿Quiere que la acompañe hasta su casa?
Ella pareció pensar durante un instante.
—Perdón —le dijo a Juan. —Todavía estoy muy alterada. Creí que ese tipo me iba a matar.
Se le humedecieron los ojos. Estaba a punto de largarse a llorar. Casi con desesperación, Juan se le acercó un poco, y la miró a los ojos.
—Ya pasó. No se preocupe. No voy a dejar que le pase nada.
Ella le devolvió la mirada. A él le gustó ver una mezcla de vergüenza y valentía en su rostro. Imaginó que le causaba aprehensión estar tan cerca de un extraño, pero que estaba haciendo un esfuerzo para superarla.
—Gracias —le dijo. —Creo que me salvaste la vida.
Juan decidió bromear, para aligerar la tensión del momento.
—Bueno, no sé si la vida. Seguro que le he salvado el bolso —le dijo, con tono divertido.
Ella se rió. Tenía una sonrisa hermosa. Juan sintió que el corazón le iba a estallar en mil pedazos. Nunca había visto a una criatura más bonita sobre la faz de la Tierra. Cuando pasó la carcajada, ella insistió:
—Gracias.
Se quedaron en silencio, mirándose. Él se acercó un poco más, y ella no retrocedió. Finalmente, la besó. Ella se dejó besar. El viento terminó de barrer las nubes, y los pájaros volvieron a cantar. El sol sobre Buenos Aires los cubría con su mirada abrasadora, y el mundo parecía lejano, difuso, e insignificante.
—Es ahí —dijo ella, un rato más tarde. —La casa pintada de verde, en la esquina. Ahí vivo yo.
Juan observó la vivienda. Era una casona enorme, casi una mansión. El hogar de una familia adinerada. La acompañó hasta la verja de hierro forjado que protegía el acceso a la propiedad.
—Gracias —volvió a decir ella. —¿Sabés qué? Nunca te pregunté tu nombre.
—Soy Juan. Juan Giménez.
—Yo soy Mercedes. Mercedes Olivera. ¿Hace mucho que llegaste de España?
Él sonrió.
—Esta madrugada.
La cara de la muchacha se iluminó de sorpresa, y volvió a enseñar su deslumbrante sonrisa.
—No. ¿En serio?
—En serio —dijo él. —Me acabo de bajar del barco. Y ya estoy ayudando a damiselas argentinas en peligro.
—Todo un héroe —dijo ella.
Volvieron a reír y, luego, se quedaron mirándose de nuevo, en silencio. Los dos pensaban cualquier cosa para decir, pero no se les ocurría nada.
—¿Sos un hombre de fe? —preguntó ella, finalmente.
—Sí, por supuesto —dijo él.
—Qué alivio —comentó ella. —Por un segundo tuve miedo de que fueras uno de esos anarquistas españoles. O, todavía peor, un comunista.
Juan mostró los dientes, pero aquella sonrisa no le llegaba hasta los ojos.
—Nada más lejos de mí, se lo aseguro.
—Entonces tenés que venir a misa, mañana. A las diez, en la parroquia San Juan Evangelista.
Juan se dio cuenta de que era una excusa para verlo nuevamente.
—Claro, allí estaré —le dijo.
Se despidieron, dándose la mano.
·
—Lo siento, es todo lo que te puedo dar, gallego —le dijo Rabinovich, dos horas más tarde. Juan se las había ingeniado para encontrar de nuevo, tanto la casa de empeños, como el conventillo. —Mi comprador no va a pagar más y, sabrás comprender, a mí me tiene que quedar alguna ganancia.
Juan se encogió de hombros, y empezó a guardar la daga. La vez anterior que había estado allí, estaba desesperado, abrumado, ansioso. Ahora, se sentía tranquilo, y en control de la situación. Decidido a no permitir que lo estafaran.
—Ni hablar —le dijo al comerciante. —Este puñal vale diez veces eso. Ya encontraré otro lugar donde venderlo.
Se giró, dispuesto a irse. Rabinovich cedió.
—Bueno, bueno. Está bien. Tenés razón. Hablemos. Lleguemos a un acuerdo.
Cuando se fue de allí, Juan tenía el bolsillo lleno de billetes.
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Pagó tres noches por adelantado en el conventillo, incluyendo almuerzos y cenas. Aquello lo dejó de nuevo casi en la ruina, pero no le importó. Estaba seguro de que, de alguna forma, iba a ingeniárselas. Después de todo, había sobrevivido a cosas muchísimo peores.
A diferencia de lo que le había pasado en la plaza, esa noche no soñó con la guerra. No se le aparecieron los rostros de sus amigos muertos, destrozados por las balas soviéticas en las cercanías del lago Ladoga, ni la imagen de Julián Montés, el muchacho valenciano que había muerto de frío durante el sitio a Leningrado.
No. Soñó con ella. Con Mercedes. Con ese beso improvisado con olor a lluvia. Soñó con sus ojos grises y luminosos, con su cabello castaño y desordenado, con el tacto frío de su piel. Soñó que hacían el amor, con pasión y con delicadeza, y con un amor infinito que era más fuerte que todo el horror, que toda la muerte, y que cualquier guerra.
El amanecer lo encontró feliz, y descansado. Cuando bajó al patio, se encontró nuevamente con la anciana, que otra vez estaba tejiendo. El gato se acurrucaba junto a ella. Clotilde lavaba ropa en un fuentón.
—¿Cómo se llama el animal? —les preguntó.
—Juan Giménez —dijo la vieja.
Clotilde le dedicó a su madre una mirada de reproche. Después, le dijo a su inquilino:
—El gato se llama Lucifer.
Juan no pudo evitar que en su cara apareciera una mueca de rechazo.
—¿Qué te pasa, gallego? Es un nombre tan bueno como cualquier otro —opinó la anciana.
Él no respondió nada. Las saludó, y se fue. Ninguna de las dos sospechaba que, aquella noche, cuando cansada de sus maullidos Clotilde le abriera la ventana al gato para que pudiera salir a la calle, sería la última vez que lo verían.
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La parroquia San Juan Evangelista se alzaba blanca y hermosa sobre el barrio de La Boca. La gente llegaba de a montones para participar en la misa. A Juan le agradó ver a esa muchedumbre de gente feliz y devota en aquella luminosa mañana de verano. Él se había duchado y perfumado, y llevaba puesto su mejor traje. Participó del rito con auténtica devoción pero, sobre el final del encuentro, no pudo evitar sentir desazón. No había visto a Mercedes por ninguna parte.
Salió a la vereda en medio de la multitud que se derramaba hacia la calle. Sin saber bien qué hacer, se quedó a un costado. La gente había formado sobre la vereda grupos dispersos. Tres hombres jóvenes y apuestos estaban a un par de metros de él, compartiendo unos cigarrillos. Uno de ellos se fijó en Juan.
—Buen día —le dijo, con tono amable.
Él hizo un gesto con la cabeza, a modo de saludo.
—¿Nuevo en el barrio? —insistió el extraño.
Él asintió, moviendo la cabeza.
—Recién llegado de España.
El tipo tiró el cigarrillo al piso y se le acercó. Sus amigos lo acompañaron. Lo saludó de nuevo, dándole la mano.
—Francisco Sierra —se presentó. —Mis colegas, Julián Vásquez, y Camilo Navarra.
Le dio la mano a los otros dos.
—Juan Giménez. Un gusto —les dijo.
—Vamos a desayunar al café de la esquina, estamos esperando a un amigo que todavía está adentro —explicó Francisco. —¿Querés venir con nosotros?
Juan dudó. No sabía qué responder. Tanta hospitalidad espontánea lo abrumó. Francisco le sonrió.
—Tranquilo, gallego. Es sólo un poco de hospitalidad cristiana. Me da no sé qué dejarte acá sólo, perdido como tuco en la neblina.
—Sí, está bien. Gracias.
En ese momento, la persona que estaban esperando salió del templo. Los muchachos se acercaron a saludarlo. Y detrás de él, estaba ella. Mercedes Olivera. Vestía de blanco y, aunque a Juan unas horas antes esa idea le hubiera parecido imposible, estaba aún más hermosa que el día anterior.
—Vení, te presento al amigo Juan, recién llegado de España —dijo Francisco. —Juan, este es Manuel, el coordinador de nuestro grupo de la juventud cristiana. Y ella es su hermana, Mercedes.
Juan le dio la mano a Manuel. Su apretón fue firme, lleno de energía. Después, encaró a la muchacha, quien le sonrió.
—Pensé que no habías venido, no te vi —le dijo.
Los demás los miraron, sorprendidos.
—¿Se conocen?
—Es él, Manuel. El hombre del que te hablé anoche. El que evitó que me robaran la cartera.
Manuel sonrió y, espontáneamente, le pasó a Juan una mano por encima del hombro, y lo estrechó contra él.
—¡Nuestro héroe! Vení, dejame que te invite un café. Es lo menos que puedo hacer por el tipo que le salvó la vida a mi hermana.
Y eso fue todo. Manuel era, sin dudas, el líder de ese grupo de amigos y, con ese gesto, el macho alfa le estaba dando a él la bienvenida a la manada. A partir de ese instante, Juan Giménez fue, para ellos, uno más del grupo.
Sin embargo, él nunca se olvidó de cómo habían sido las cosas. De que Francisco, sin saber quién era, y sin conocerlo, le había hecho la misma invitación, pero por pura bondad, aún sin saber nada de lo que había pasado entre él y Mercedes el día anterior.
Una auténtica muestra de bondad cristiana.
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Desde aquel día, las cosas empezaron a mejorar para Juan Giménez. Resultó que los padres de Camilo Navarra tenían una imprenta. Justamente, ése había sido su oficio, antes de marchar hacia la guerra. Lo contrataron de inmediato. Desde entonces, aquel pequeño círculo se convirtió en toda su vida. Su rutina incluía despertarse temprano todos los días para ir a trabajar, asistir a misa, y pasear con Mercedes solos, los sábados por la tarde.
En un principio, los padres de la muchacha se opusieron a la relación. Siempre habían pensado en casar a su hija con alguien de posición más elevada. Sin embargo, Manuel intervino a su favor, aduciendo que, más allá de su condición económica, Juan Giménez era un valiente, y un hombre de bien. Finalmente, los Olivera cedieron y le dieron a la pareja su bendición. Terminaron casándose en la parroquia San Juan Evangelista, dos años más tarde.
Juan y Mercedes —con la ayuda de Manuel—, se compraron una casa en San Telmo. Allí tenían un patio de lo más agradable. Al grupo de amigos se le hizo costumbre, entonces, ir a almorzar allí cada domingo, después de la misa. Con los años, el resto de los muchachos también se casaron. Irónicamente, el último en hacerlo fue Manuel, a pesar de que era el más apuesto entre ellos, y el de posición más acomodada.
La primera hija de Juan Giménez nació en 1951, y el único varón que tuvo, apenas un año después. La menor de los Gimenez, Matilda, llegó en 1955. Tras años de árduo trabajo y, de nuevo, con ayuda de su familia política, él inauguró, en 1960, su propia imprenta. Ésta creció de inmediato, hasta convertirse en una de las empresas más prósperas del sector.
Durante más de dos décadas, las cosas marcharon bien para la familia Giménez. Los vaivenes de la política no los afectaron demasiado. Como toda familia acaudalada, conservadora y de bien, apoyaron el golpe militar de 1976, e hicieron oídos sordos a las atrocidades cometidas por la dictadura. Viajaron bastante. Juan llevó a Mercedes y a sus hijos a conocer su tierra natal y a la familia que él había dejado en España, pero siempre volvieron a la Argentina. En el año 1982, poco antes de que comenzara la guerra de Malvinas, se compraron una quinta en Tigre, en donde se asentaron definitivamente poco después, tras el retorno de la democracia.
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Una tarde, mientras disfrutaba de un vaso de vino sentado en una reposera, con Mercedes a su lado, Juan escuchó por la radio algo que lo alteró.
—Un extraño crimen sacude hoy a la comunidad balnearia de Villa Gesell —dijo el locutor que conducía el informativo. —Heinrich Schottenstein, un prominente farmacéutico de origen alemán, fue encontrado muerto, decapitado en su cama. Las autoridades aseguran que se desconoce el motivo de este atroz asesinato y descartan que se haya tratado de un robo. “Las evidencias apuntan a algún tipo de ajuste de cuentas”, dijo el fiscal a cargo de la investigación, aunque la familia asegura que Schottestein no tenía deudas, ni enemigos conocidos.
Dos días más tarde, aprovechando que él y su familia estaban de visita, Juan Giménez le comentó el episodio a su cuñado, Manuel.
—¿Por qué te preocupa? —le dijo éste. —¿Qué tiene que ver Schottestein con vos?
—Vamos, Manuel. Tu sabes bien cuál es mi historia. Schottestein era nazi, te lo aseguro. ¿La edad que tenía? ¿La forma en que murió? Lo mataron por eso, ¿entiendes? Lo mataron por nazi.
»Hace un tiempo que vengo escuchando otras historias parecidas. Dicen que hay un grupo, formado por ex agentes del Mossad, operando en Sudamérica. Hubo decenas de crímenes parecidos en Brasil. Se ve que ahora han llegado a la Argentina.
Olivera se encogió de hombros.
—Bueno, no importa. Vos no sos ni alemán, ni nazi.
—Juré lealtad a Hittler, Manuel. Cuando Franco nos ordenó volver, yo me quedé y me uní al ejército alemán. ¿Cuál es la diferencia?
—Bueno, pero eso no lo sabe nadie, ¿o no? Además, vos siempre me dijiste que lo tuyo era pelear contra los comunistas.
—¿Vos pensás que para estos tipos va a haber alguna diferencia?
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Tres años más tarde, en Trelew, otro alemán apareció muerto en su casa. A este, lo habían prendido fuego, luego de rociarlo con querosene. A principios de la década siguiente hubo otra muerte similar, en Mendoza. Para ese entonces, Juan ya se había jubilado, y la imprenta la manejaban los maridos de sus hijas. Joaquín, su único hijo, había muerto de cáncer.
Una tarde, Mercedes y él estaban disfrutando de la visita de sus nietas cuando Juan vio a lo lejos las nubes de polvo que levantaban dos autos que se acercaban a la vivienda. De alguna forma, lo supo. Supo que lo habían encontrado. También supo que no podía hacer mucho. Su suerte estaba echada, aunque la de su familia, no. Así que hizo lo mismo que había hecho por Mercedes desde el primer instante en que la conoció: protegerla.
Dándoles cualquier excusa, se alejó. Atravesó el patio de la quinta, superó el alambrado, y llegó hasta el campo contiguo. Allí, había una pequeña loma junto a una curva que hacía el río. La trepó. Para entonces, era ya casi un hombre anciano y, para cuando llegó a la cima, sintió que le faltaba el aliento. En el lugar crecía un enorme ligustro de ancha sombra, pero Juan no buscó refugio. No, quería seguir sintiendo la caricia del sol.
Se volvió hacia su quinta. Allí abajo podía ver a sus nietas corriendo por el patio, a sus hijas tomando mate junto a sus yernos, y a Mercedes, al amor de su vida.
—Me pregunto si alguna vez te diste cuenta —le dijo, aunque sabía que ella, desde allí, no iba a poder escucharlo— que has sido tú la que me ha salvado a mí.
Detrás, de entre el pasto, se levantaban sonidos de pisadas. Eran al menos cinco hombres. Juan sabía que no tenía chance alguna de combatirlos. Lo único que podía hacer, era aceptar su destino con dignidad. Cuando percibió a uno de ellos detrás de él, en la periferia de su mirada, les preguntó:
—¿Cómo me encontraron?
A modo de respuesta, el asesino arrojó algo a sus pies. Juan bajó los ojos, y vio la daga. Aquella que su amigo alemán, Sigmund Becker, le había regalado como agradecimiento por haberle salvado la vida. La daga que él le vendió, apenas unos meses más tarde, a un comerciante judío, de apellido Rabinovich.
Se giró. No eran cinco, eran seis. Todos llevaban pistolas. Pensaban acribillarlo. Él los detuvo con un gesto.
—Por favor, no disparen. No hace falta alterar a mi familia.
Despacio, con delicadeza, se agachó, y levantó del piso el cuchillo. Se lo tendió a uno de los asesinos, al que estaba más cerca de él. El tipo lo agarró. Juan se tocó la nuca.
—Acá. Un golpe certero, y se corta el espinazo. Es una muerte tan buena como cualquier otra.
El hombre, sin hablar, hizo un gesto de asentimiento. Juan se volvió, y se puso de rodillas. Aún así, llegaba a ver a su familia a lo lejos, allí, debajo de la colina.
Miró a Mercedes. Su vista se había debilitado con los años, así que lo que percibía era más una mancha que otra cosa, pero sabía que era ella y que estaba bien. A salvo.
Cerró los ojos y respiró hondo. Sentía la caricia del sol, y el calor sobre su piel, aquellas sensaciones que una vez, hacía mucho tiempo, en medio de la nieve y de la estepa, creyó que no iba a volver a sentir nunca. Sin embargo, no se concentró ni en la guerra ni en la muerte, sino en la vida. En aquella calle de La Boca. En los ojos grises de Mercedes. En aquel primer beso improvisado que le dió, ese que tuvo tanto olor a lluvia.
Aquella memoria ocupaba completamente su alma y su mente cuando lo devoró la oscuridad.
