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Amar a una estrella

Deslumbrante, e inalcanzable,
bella más allá de lo imaginable,
esplendorosa por encima de las sombras,
infinita, inmortal e inmaculada,
fuente de mieles y de hiel,
indiferente a los dolores de los hombres,
así es ella.
¿Qué puede desear el hombre,
más que mirarla desde lejos
y alimentarse de su brillo,
más antiguo que la
Luna?
¿Qué puede pretender él,
tan pequeño e insignificante sobre el mundo,
menor que la menor de las hormigas,
breve como el paso de los años,
impotente ante las fuerzas del Universo,
perdido y solo en la inmensidad?
Y sin embargo, la estrella baja,
por un tiempo.
Caminan juntos sobre la tierra,
yacen bajo el cielo vacío y oscuro,
contemplan amaneceres opacos y distantes,
iluminados los dos por la luz de ella.
El hombre quiere hacerle un homenaje
y se desangra en poesías diminutas,
en epopeyas ridículas y mal pensadas,
y trata de enseñarle a ella
cosas que ella ya sabe,
hasta que la aburre y vuelve al cielo.
¿Cómo olvidar una luz que se alza
día y noche sobre uno?
¿Para qué olvidarla, si la pena,
es más dulce que todas las alegrías?
El calor reconforta,
aunque sea a la distancia,
y la belleza sigue alimentando al corazón.
Contemplación, y un amor distante,
es el mejor de los destinos posibles.
Porque si bien fue un milagro
que bajara una vez la estrella,
es algo que todos saben
que no va a volver a suceder.
El lugar de las estrellas es el cielo,
y el de sus amantes, está en la tierra.