—Acá tiene la soga que me pidió —me dice el hombre, antes de arrojarme a las manos una gruesa cuerda de cáñamo. Su edad es indescifrable. Quizás, unos treinta años muy mal llevados a causa de las innumerables fatigas e infinitos días bajo el sol; o tal vez unos sesenta […]
pablo
La primera vez que vi la cometa fue una tarde de noviembre. Y, si me pongo a pensarlo sinceramente, fue en circunstancias bastante estúpidas. Hacía unas pocas horas que mi novia me había dejado, después de varios años de convivencia. Me sentía solo, tonto y despreciable. Veía la basura que […]
Por supuesto que traje el mate. El mate, y la reposera. Tenés que ver cómo me mira la gente. Es un viaje de dos horas en colectivo hasta acá. Y ahí estoy yo, sentada en el último asiento de la fila, con el equipo de mate en una canasta de […]
Las olas lamían las rocas con pereza, y el chapoteo era ruidoso y constante. El lago era profundo, oscuro, frío e inmenso; crecía a los pies de la montaña como si fuera su líquida sombra. Hacía frío, a pesar de la fogata que habían improvisado en la orilla. El humo […]
Dedicado a Alanita. Un día, el Oso Curioso venía caminando y vio un árbol enorme repleto de unas frutas redondas y rojas. Y como era muy curioso, se preguntó: —¿Cómo se llamará esta fruta? ¿Se podrá comer? Como no lo sabía, pero quería averiguarlo, agarró una de las frutas y […]
La casa estaba para la renta desde hacía muchísimos años; tantos, que nadie podía precisar exactamente cuántos eran. Algunas vagas ideas recorrían las calles del barrio, en formas de chismes y leyendas urbanas. Al parecer había vivido allí Don Eulasio Juárez, uno de los sobrinos-nietos del fundador de la ciudad. La casa había sido una de las primeras del barrio, construida aproximadamente en el mismo sitio donde antes estaba el casco de la Estancia Las Mercedes, que perteneció a la familia fundadora. Si todos estos datos eran ciertos, la casa debía haber permanecido deshabitada unos setenta años. Ramón Huan, el martillero chino, era quien tenía en sus manos el negocio del alquiler de la casa.
El mismo cuadro se repetía al menos una vez a la semana. Él llegaba de trabajar y ella estaba frente a la computadora, chateando con sus amigas o subiendo fotos a Facebook. La comida no estaba lista, la cama sin hacer, los platos sucios, las cuentas sin pagar. A cada […]
El Viejo Juan podría haberse llamado John, Joan, Yohanan, Chuan, Jean, João, Giovanni, Ioan, Johannes o Yuhanna. Era uno de esos hombres que no pertenecen a ninguna raza ni a ningún pueblo, sino sólo a la tierra en la que habitan, como si las nacionalidades no existieran. Su único idioma […]
El sol descendía lentamente sobre el horizonte, y una línea de penumbras iba trepando los ancestrales muros de Varsovia. Satanás estaba parado en la plaza, viendo la gente pasar y pensando cómo se complacen los hombres con las mentiras. El verdadero centro histórico de Varsovia había sido destruido casi totalmente en la guerra. El sitio donde él estaba parado ahora, con su aspecto tan medieval, era una patraña. Una reconstrucción meticulosa, casi perfecta, de lo que había sido la ciudad antes de los morteros y la sangre, pero al fin, una mentira. El Viejo Zorro miró buscando presas a quienes tentar. Tardó poco en ver a un hombre de apariencia mediocre, sus mejores presas. Algunos idiotas condenan para siempre sus almas con tal de no verse en la obligación de mantener una charla demasiado extensa con un desconocido. El Infierno está lleno de antipáticos.
Hébel estaba cansado. Había estado cazando todo el día, pero sólo había conseguido atrapar a un conejo flaco y con poca carne, quizás —en años de conejo—, tan viejo como él. Sus cinco décadas de vida lo habían debilitado. Ya no podía empuñar la lanza con fuerza ni arrojar las boleadoras. Cazaba con la honda y a veces ponía trampas, pero su habilidad para construirlas dejaba mucho que desear. La que había sido hábil con las manos era su madre. Sabía trenzar cuerdas finas pero fuertes, hacer adornos con huesos y caparazones, y construir trampas mortales y certeras. En eso, Hébel no se le parecía en nada. Nunca se había tomado el tiempo necesario como para perfeccionar las artes manuales: él era un cazador, un guerrero. Si le hubieran dado a escoger entre tener que trenzar una cuerda o enfrentar solo a un oso en su propia cueva, hubiera escogido siempre lo segundo.

