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Apagón

Este texto corto rescata las ideas de una historia mucho más grande que planeo escribir algún día. Lo terrible de la situación que aquí describo es que se trata de un escenario absolutamente verosímil. Esto podría pasar de verdad, sin previo aviso, cualquier día de estos.Han pasado ya tres años, y aún no nos hemos recuperado. Todo sucedió tan rápido… parece increíble. Era pleno verano, en horas del mediodía, y la ciudad hervía de actividad turística. Había miles de personas en las playas, almorzando en los restaurantes o taponando las calles con sus automóviles. Y de pronto, escuchamos un rumor que avanzaba desde el sur: todos los parlantes sonaban al son de una frecuencia extraña, como solían hacer cuando uno hablaba por celular cerca de alguno de ellos. El sonido no llegó a durar una décima de segundo y cuando se extinguió, todos los televisores se apagaron, todas las radios, todos los vehículos, los relojes, todos los aparatos se murieron para siempre. Vimos que el cielo se encendía con una especie de extraña aurora austral, que avanzaba en líneas fluctuantes desde el sur hacia el norte. Como dije, era mediodía, pero las luces eran tan intensas que se notaban igual. Algunos cables y transformadores de la red eléctrica estallaron en llamas. Hasta los relojes de pulsera dejaron de funcionar. Los automóviles se quedaron muertos donde estaban. Todos los discos rígidos se borraron, las computadoras se quemaron. Un enorme campo electromagnético barrió la ciudad de punta a punta y la era tecnológica simplemente se terminó.
Tras todo este tiempo aún me cuesta entender lo que pasó. Al principio pensamos en una bomba Arco iris. Ya desde las primeras pruebas atómicas se sabía que la detonación de una bomba de este tipo conlleva la generación de un campo electromagnético cuyos efectos son mucho más extensos que el de la propia explosión. Se sabía que la detonación de una bomba atómica a suficiente altura podía dejar a un continente entero a oscuras. Pero después nos dimos cuenta de que el problema era mucho más grande. La gente comenzó a contar que habían visto manchas enormes en el sol y eso aclaró el panorama. Una tormenta solar enorme, como nunca se había visto antes, barrió con su abrumadora energía de punta a punta al mundo. Si nos hubiera dado al revés, pegando primero en el norte, hubiera rebotado sin mucho más. Pero llegó desde el sur y el campo magnético de la Tierra ayudó a que se distribuyera de punta a punta del globo. Y así se terminó el mundo.
El fin no llegó con trompetas ni anuncios catastróficos en los medios. Fue un final silencioso. La televisión, la radio e incluso los diarios ya no existían. Como en la edad media, uno no se enteraba de lo que sucedía a más de cien metros de donde estaba. Los primeros días, la gente se quedaba en la calle esperando a que algo sucediera, a que volviera la electricidad o llegara ayuda. Pero nadie vino.
Es difícil comprender la increíble magnitud de lo que sucedió. Nunca me di cuenta de lo dependientes que somos de la electricidad. Nunca pensé que un fenómeno natural podía quemar los sistemas eléctricos que dan arranque a los automóviles, por ejemplo. Ahora todo se hace de a pie, o en bicicleta. Y no hay repuestos para nada. No existen más los camiones ni los micros, así que si uno quiere ir a otra ciudad debe hacerlo a pie. No he sabido de nadie que lo haga.
Mucha gente murió en la primer jornada. Los que tenían marcapasos, los que estaban en los hospitales conectados a algún tipo de soporte de vida, los que quedaron encerrados lugares inaccesibles por otro medio que no fueran ascensores, como en las profundas minas. Más tarde murieron muchos más. Miles de personas quedaron varadas para siempre en el mar y a veces las mareas llenan de cadáveres las playas. Cuando comenzaron a escasear los recursos, se desató una verdadera guerra. Casi todos los comercios y casas importantes han sido saqueadas. No existe modo de llamar a la policía si sucede algo, ni a una ambulancia. Creo que las fuerzas policiales, los bomberos y todo el sistema de salud directamente se ha desmantelado, como todo lo demás.
Nosotros nos fuimos una semana después del apagón. Hace muchísimos años que una quinta, propiedad de la familia, permanecía deshabitada; así que caminamos los cien kilómetros que nos separaban del lugar y nos refugiamos aquí. Sembramos nuestra propia comida, tenemos un pozo para sacar agua a mano y vivimos como en la edad media. Hemos sufrido algunos saqueos, pero seguimos vivos. Hace un año, una banda empezó a prender fuego las casas y ahora casi toda la ciudad quedó reducida a cenizas. Con mi hermana lo vimos la semana pasada, cuando viajamos en bicicleta a comerciar nuestras verduras. Nos volvimos como nos habíamos ido.
No sabemos a ciencia cierta si lo mismo ha pasado en toda la Tierra. Quizás la ayuda está bajando desde el norte, y aún no ha llegado. Pero no lo creo. Aunque fuera, hubieran enviado un avión para que lo viéramos y supiéramos que íbamos a estar bien. No, realmente creo que el sol frió la tecnología de todo el mundo y pasaran décadas antes de que regresen los buenos días.Mientras tanto, hay que tratar de sobrevivir.