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El alquiler

La casa estaba para la renta desde hacía muchísimos años; tantos, que nadie podía precisar exactamente cuántos eran. Algunas vagas ideas recorrían las calles del barrio, en formas de chismes y leyendas urbanas. Al parecer había vivido allí Don Eulasio Juárez, uno de los sobrinos-nietos del fundador de la ciudad. La casa había sido una de las primeras del barrio, construida aproximadamente en el mismo sitio donde antes estaba el casco de la Estancia Las Mercedes, que perteneció a la familia fundadora. Si todos estos datos eran ciertos, la casa debía haber permanecido deshabitada unos setenta años.
Ramón Huan, el martillero chino, era quien tenía en sus manos el negocio del alquiler de la casa. Su verdadero nombre era Rui Mián Huan, pero había decidido latinizar su nombre para lograr una relación más fluida con sus clientes. El resultado era dudoso, pues el nombre de Ramón, tan asociado en la mente de los lugareños con cierto personaje cómico que habitaba una vecindad mexicana, predisponía más hacia la risa que hacia el respeto. Hacía ya unos diez o doce años, un colega de él había muerto y su familia decidió cerrar la inmobiliaria. Como Huan recién se iniciaba en el negocio, les pidió si no podían transferirle a él los clientes que quedaban en ese momento sin representación y ellos aceptaron. Así, Ramón heredó los derechos de venta y alquiler de un centenar de propiedades, la mayor parte de las cuales nunca llegó a conocer. Ésta casa era uno de esos casos.
Esa mañana de Abril, cuando los Weigner entraron en su negocio, Huan estuvo a punto de despedirlos diciéndoles que estaban equivocados. No recordaba ninguna propiedad en el barrio Las Mercedes, y estaba casi seguro de no tener para alquilar ninguna casa de seis ambientes. Pero algo le hizo frenarse y mirar en su archivo. Después de un rato de buscar, la encontró. El alquiler era tan viejo que la foto de la casa estaba en blanco y negro.
Tras una breve charla supo que los Weigner vivían en el barrio Las Mercedes, a sólo tres calles de la antigua residencia Juárez. Querían mudarse por la misma zona donde vivían y esa casa les había parecido perfecta. Huan no sabía qué decir. Miró el precio sugerido del alquiler y vio que estaba expresado en una moneda que hacía ocho años que estaba fuera de circulación. Rápidamente convirtió el valor a la moneda actual y lo duplicó. Pero después de comentárselo a los Weigner y ver la cara de felicidad de éstos, se dio cuenta de que había puesto un precio irrisorio para una construcción tan grande. Sus clientes quisieron visitar el inmueble de inmediato.
Le tomó casi una hora encontrar la llave de la casa entre los cajones, mientras Carlos y Clara Weigner lo miraban distraídamente y se hacían comentarios por lo bajo, seguramente inspirados en sus ilusiones y esperanzas. Cada vez que abría alguna de esas gavetas, Ramón pensaba lo mismo: que debía tomarse un fin de semana para ordenarlas de una buena vez y dejar de pasar vergüenza delante de los clientes.
El viaje hasta allí fue incómodo, porque los Weigner insistieron en viajar todos en el mismo coche. Tenían uno de esos automóviles de tres puertas en los que hay que hacer pases de contorsionismo para acomodarse en el asiento trasero. Clara Weigner iba atrás e insistía, por cortesía, en mantener una charla trivial con Ramón acerca del clima, el estado de las calles, el peligro de tener a personas tan afines al socialismo en el poder. El martillero chino trataba de contestar, pero debía hacerlo a los gritos, ya que al estar él orientado hacia adelante, y envuelto por los ruidos de la radio y del motor,  a la mujer le llegaba sólo un eco apagado de sus palabras. Por suerte, en menos de diez minutos llegaron. La casa tenía frente de piedra, rejas negras, oxidadas y antiguas tapando todas las ventanas, y una de las persianas había sido vandalizada y prendida fuego. Se notaba claramente que hacía años que nadie pasaba por allí. Ramón se mordió el labio, pensando que había sido un estúpido y que tendría que haber ido antes a limpiar un poco, pero el entusiasmo de la pareja lo llevó a comportarse de una manera atolondrada. Lo hecho, hecho estaba. Puso la llave en la cerradura y la giró.
El sitio estaba totalmente a oscuras. Huan manoteó a loco en la pared hasta darle a una llave de luz de esas negras y duras que se encienden moviéndolas hacia arriba. El sitio estaba cubierto por una gruesa capa de polvo y tierra y –para vergüenza del martillero chino-, hasta había plantas crecidas en el interior. Clara amagó a irse, pero Carlos la detuvo. Tenía una mirada de sagacidad feroz. Huan adivinó su pensamiento: “Le di un precio ridículo y, con el estado lamentable que tiene esta casa, va a regateármelo. Va a buscar cada defecto que pueda hallar y se va a armar una lista de memoria, desde lo más pequeño hasta lo más grave. Y así me va a pelear el precio. Voy a terminar alojándolos aquí gratis”.
Empezaron la recorrida. Huan no tenía idea de cómo era la casa, así que avanzaba casi a tientas, con una mueca de enfado congelada en el rostro. Carlos Weigner estaba impasible, mientras que Clara miraba con muesca de asco a cada objeto con el que se topaba. De pronto, la bella señora dio un salto y pegó un grito desgarrador. Al mirar, los hombres se dieron cuenta del motivo de su alarma. Marcadas en la tierra, evidentemente recientes, había unas huellas extrañas.
Tenían más o menos el mismo tamaño que las huellas que Carlos dejaba tras de sí, pero el ser que las había marcado, además de estar descalzo, tenía sólo tres gruesos dedos delanteros y uno hacia atrás, como un tiranosaurio de cuatro patas. Clara quiso marcharse de inmediato, pero a ellos los pudo más la curiosidad. Siguieron las marcas a través de un pasillo largo y estrecho. Había estiércol seco y huesos pequeños, como de gatos, por todas partes.
De pronto escucharon un ruido. Era un sonido extraño, una respiración dificultosa, o quizás un ronroneo monstruoso. Clara notó que en uno de los picaportes habían quedado enganchados unos pelos largos y sedosos, color castaño. El sonido se escuchó de nuevo, pero más cerca.
Carlos señaló la conveniencia de volver más tarde, con un equipo de exterminación de plagas. Huan se alegró de la cobardía del otro, que era idéntica a la suya, y aceptó el convite. Empezaron a retroceder y entonces, algo rompió el foco de luz que ellos habían encendido en el vestidor. La bombilla al explotar sonó como un disparo. Clara, aterrada, salió corriendo hacia la puerta, sin percatarse que corría también directo hacia la criatura. Cuando unos dientes colosales la partieron a la mitad, para Ramón el sonido fue como cuando se revienta una bombucha. Imaginó las paredes bañadas en sangre y escuchó el grito de agonía de la pobre desdichada. A ninguna de sus dos mitades la vida se le escapó enseguida; tardó como cinco segundos en morir.
Weigner y Huan encontraron un vestigio de lucidez en su terror y cerraron con fuerza la puerta. Podían escuchar al monstruo del otro lado, raspando las paredes, avanzando por el pasillo demasiado estrecho para su colosal figura.  El primer golpe astilló el marco, el segundo fracturó la puerta y el tercero hizo ceder toda resistencia. Terribles mordiscos entraron a la habitación como un vendaval de dientes y hubo más sangre, más gritos y otra bombilla que estalló, como un disparo.
Cuando ya le quedaban sólo unas pocas gotas de sangre oxigenada en el cerebro y se sentía adormecer y morir, Rui Mián Huan,  el martillero chino, tuvo un último pensamiento.

Habían dejado la puerta abierta.