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El Diablo en Varsovia

El sol descendía lentamente sobre el horizonte, y una línea de penumbras iba trepando los ancestrales muros de Varsovia. Satanás estaba parado en la plaza, viendo la gente pasar y pensando cómo se complacen los hombres con las mentiras. El verdadero centro histórico de Varsovia había sido destruido casi totalmente en la guerra. El sitio donde él estaba parado ahora, con su aspecto tan medieval, era una patraña. Una reconstrucción meticulosa, casi perfecta, de lo que había sido la ciudad antes de los morteros y la sangre, pero al fin, una mentira.
El Viejo Zorro miró buscando presas a quienes tentar. Tardó poco en ver a un hombre de apariencia mediocre, sus mejores presas. Algunos idiotas condenan para siempre sus almas con tal de no verse en la obligación de mantener una charla demasiado extensa con un desconocido. El Infierno está lleno de antipáticos.
Esquivó a los transeuntes que pasaban distraídamente sacando fotos del lugar y se apersonó junto al desdichado, adquiriendo la forma de un vendedor ambulante. Le ofreció algún artículo cualquiera y el hombre lo miró con una mezcla de adversión y espanto. Juan Sin Ropa sonrió, ya lo tenía medio comprado.
Lucifer no retuvo ni una sola de las palabras dichas ni escuchadas, siquiera prestó especial atención a sus argumentos, pero era tan hábil y había hecho lo mismo tantas veces, que todo salió como él quería. Tras una breve charla, se encontraban sentados juntos en un café. El hombre se preguntaba cómo podía ser que lo hubieran engañado para encontrarse allí. El Demonio sólo tomaba un breve respiro. Decidió ir al grano.
– Tengo algo de adivino en la sangre – dijo, aferrándose a ese papel azaroso que se había propuesto -, y puedo ver que usted pena de amor.
– Como si fuera tan difícil adivinarlo – respondió el hombre. – Debo estar dejando tras de mí los fragmentos de mi corazón roto.
El Príncipe de las Sombras hizo una mueca de repulsión.
– No se ponga tan meloso, me va a echar a perder el café. Mire, si usted quiere ser feliz es fácil. Debe convencerse de una buena vez de lo que viene sospechando hacer rato: el amor no existe.
>> Todo lo que usted vanagloria, no son más que impulsos bioquímicos disfrazados de sentimientos y embarnizados con una capa de «esto es para siempre». Nada es para siempre, o casi nada. Por una parte usted siente deseos de reproducirse. Eso hace que las mujeres le resulten interesantes, casi indispensables. Por otro lado, siente que su vida está vacía, y las intrigas amorosas lo distraen de la única verdad posible: todo lo que hagamos es inútil, porque al fin vamos a morir y nada quedará de nosotros, siquiera nuestro recuerdo.
Esas palabras oscuras tuvieron un eco en el corazón del hombre. Muchas veces, sin admitirlo nunca, había tenido pensamientos parecidos. Una enorme depresión, una oscuridad inmensa capaz de ahogar para siempre en él toda voluntad o impulso, empezó a gestarse.
– Nada es eterno y todo es inútil, es cierto. ¿Para qué vivir entonces?
– Oh, cae usted en un lugar común, pero yo le daré una respuesta poco habitual. Todo lo que usted es, desde los pies a la cabeza, tiene un único origen. Allá, hace tiempo, en algún momento de la eternidad que nos precede, surgió una molécula que reaccionaba con el medio de una manera particular: creando copias de sí misma. Estas moléculas se replicaron incontables veces, pero las copias no eran perfectas, y así se fueron diversificando, creando enormes variedades de moléculas replicantes. Pero además, esas ínfimas diferencias daban a unas ventaja sobre otras en la tarea reproductiva. Así que algunas sobrevivieron y otras no, y así empezó la vida, la competencia, la evolución. Las moléculas se hicieron más y más complejas hasta convertirse en células. Luego otras células -algunos piensan que las nerviosas, yo digo que son las reproductivas-, esclavizaron a muchas más para que les proveyeran de todo: alimento, movilidad, información sobre el mundo exterior. Nos hicimos cada vez más complejos, pero en el fondo seguimos siendo siempre lo mismo: moléculas que se replican a sí mismas.
>> Su apego por la vida es sólo una estrategia evolutiva. Sus genes necesitan que sobreviva lo suficiente como para hacer copias de sí mismo. Pero usted ha evolucionado lo suficiente como para saber lo que aquellas viejas moléculas no sabían: no tiene sentido seguirse replicando a tontas y a locas, porque al final uno igual se muere. Yo diría que usted tiene que hacer lo que yo no me animo: superar sus inútiles instintos y matarse. ¿Para qué seguir viviendo y sufriendo?

Eso lo convenció.