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El leñador joven

Dedicado al Arlequín. A vos lo leíste mientras nacía, y que andás por la vida, como yo, como Frey, buscando tu fuerza, tu Fe, tu Destino.

Había una vez, hace mucho tiempo, en una tierra lejana y olvidada, un muchacho llamado Frey. Era huérfano, y vivía con su tío, un hombre hosco y malhumorado, en una cabaña perdida en la profundidad de un bosque inmenso. Frey no conocía otra cosa que ese bosque ya que, cuando su tío iba a la aldea más cercana a comprar víveres y vender leña, no lo dejaba acompañarlo. Así que el muchacho se quedaba solo, en medio del bosque siniestro, acurrucado contra un rincón, escuchando los sonidos de las bestias salvajes e imaginando la peor de las muertes.
Sin embargo, al cabo de un tiempo, Frey comenzó a prestar atención a las voces del bosque, y poniendo el corazón en la tarea, poco a poco comenzó a comprenderlas. Podía reconocer la voz sabia del búho, que en medio de la noche se hacía preguntas sobre el origen de la Luna. O la voz de los conejos, que consolaban a sus hijos en sus madrigueras profundas, a fin de que pudieran dormir y pasar la noche. También, las voces lejanas y malignas de los lobos, cargadas de odio y de sangre y de dolor. Y las voces lentas de los árboles, que no hacían más que hablar sobre el viento, y sobre el sabor de la tierra, y sobre la caricia del sol.
Y una tarde, cuando ya hacía algunas horas que su tío se había marchado, Frey escuchó clara la voz del halcón en el cielo. El halcón llamaba a sus amigos, los buitres, que siempre le agradecían las sobras de las presas que él cazaba. Y les decía que, en el fondo de un barranco cercano, había un hombre muy mal herido y que no iba a tardar en morir. Frey no tuvo dudas de que se trataba de su tío, pues ningún otro hombre se aventuraba de esa forma para alcanzar las regiones más remotas y hostiles de la arboleda. Entonces, armándose de valor y de una soga que siempre tenían a mano, resolvió ir en su busca y rescatarlo.
Frey conocía muy poco la zona del valle, la única que podía ocurrírsele que tuviera barrancos y desfiladeros que, quizás, su tío pudiera fallar al intentar cruzar. Las pocas veces que había estado allí había sido por poco tiempo, y como su tío parecía conocer bien la zona y lo guiaba, él había prestado poca atención. Mientras caminaba, repasaba los recuerdos en su cabeza una y otra vez, pero no lograba reconstruir más que un laberinto imposible de galerías y recovecos, de gargantas profundas y salientes espantosas. Con la mejor de las suertes, tardaría quizás un día entero en dar con él, y probablemente eso fuera mucho más tiempo que del que podía disponer. Pero se dijo a sí mismo que no podía hacer otra cosa que intentarlo. Además, tal vez, escuchara alguna voz del bosque que lo guiara. O las voces de los buitres, venenosas y horribles, regodeándose por el banquete de leñador que estaban por conseguir.
Frey caminó durante el resto de la tarde, y cuando comenzaba a oscurecer, empezó a notar que el terreno descendía y que se escuchaba la voz del arroyo que, a través de los años, había horadado esa profunda grieta en el suelo. Centenares de otros arroyos confluían con el principal en la hondonada, y cada curso creaba senderos tortuosos de paredes altas, y rocas desnudas, y raíces como garras que quedaban al descubierto y amenazaban a los caminantes. Frey decidió que seguiría el curso principal del agua, atento a los sonidos que pudieran venir de uno u otro lado del cauce, para encontrar a su tío lo más pronto posible. Sin embargo, esa noche las nubes cubrían todo el cielo y la Luna no brillaba. El valle entero estaba sumido en sombras profundas, como la boca de una bestia hambrienta. Frey al principio se puso nervioso, más tarde algo paranoico y finalmente cayó en un pánico absoluto. Siguió caminando por pura inercia, y porque a esa altura volverse le daba tanto miedo como seguir avanzando, escuchando los latidos de su corazón retumbar con fuerza en sus oídos y esperando que la Muerte se le apareciera en cualquier instante.
Para colmo de males, el bosque estaba en silencio. Por alguna razón, todas las bestias estaban calladas y hasta el viento había dejado de soplar. Una quietud profunda, expectante, se alzaba sobre la arboleda, como la calma que precede a una tormenta. Y de hecho, las nubes cada vez parecían más y más amenazantes y el tenue brillo de las estrellas perdía la batalla contra la oscuridad. Frey se aterraba del eco que producían sus propios pasos, y se estremecía cada vez que se le escapaba algún sonido de la boca, ya sea porque se tropezaba contra alguna piedra o porque sus dientes se enloquecían y empezaban a castañear de puro terror. Y entonces, cuando Frey pensó que ya estaba a punto de internarse en las oscuras regiones de la locura llana e indolente, vio unos ojos rojos que brillaban en la penumbra, justo delante de él.
Por un instante, a Frey no lo espantó la aparición de aquella criatura de las sombras, de aquel ser del mal apenas insinuado por la tétrica luz de sus pupilas, sino la certeza de que, a pesar del terrible miedo que lo embargaba, aún su mente resistía. No se iba a volver loco, no todavía, y tendría que afrontar en pleno dominio de su persona, de sus sentidos y de sus pavores, aquella prueba terrible que se le presentaba.
Recién entonces el muchacho se dio cuenta de que estaba desarmado. Había salido a las apuradas, sin recoger ni comida, ni abrigo, ni nada que le pudiera servir para defenderse. Y aquello que tenía enfrente, a pesar de que sólo podía verle los ojos, estaba seguro, era un animal hambriento. Probablemente un lobo, o un puma. O quizás, algo peor, como un licántropo, o una de las brujas de los cuentos, o un orco… o un demonio. Frey era creyente, su tío le había enseñado a leer la Biblia desde pequeño, y sabía que el milagro más documentado en la historia de Jesús, habían sido los exorcismos. Su mente, acelerada por el miedo, enseguida imaginó a su tío, a punto de afrontar una muerte dolorosa y solitaria, rogándole a algún demonio que le comprara el Alma a cambio de ahorrarle el espanto. Y ahora, esa criatura del submundo, una vez muerto su tío, se había vestido con su cuerpo inerte como una mujer usa un vestido, y estaba plantado allí, a punto de asesinarlo.
Mitad por miedo, mitad por prudencia, Frey no hizo nada. Se quedó quieto, mirando el brillo de esos ojos rojos, esperando pacientemente cualquier movimiento de su enemigo para salir corriendo, no sabía si hacia adelante, para enfrentarlo, o hacia atrás, para huir de él. Pero la criatura también estaba quieta, y Frey comenzó a preguntarse si en verdad estaría allí. Siguió mirando, tratando de adivinar más detalles en la oscuridad circundante, pero sus ojos y su imaginación le jugaban bromas pesadas. Por momentos, le parecía ver el contorno de una sonrisa poblada de dientes afilados. Al instante siguiente, le parecía que lo que veía no era más que dos salientes en el contorno de una roca caída en medio del camino. A veces le parecía que los ojos se movían lentamente hacia un lado y hacia otro, pero no estaba seguro. Y de a poco, la idea de que sólo era su imaginación que lo estaba engañando, comenzó a tomar fuerza. Se sintió estúpido por haberse espantado por nada, y, para espantar el miedo, quiso hablar. Pero la voz no le salía. Carraspeó, respiró hondo, e intentó de nuevo.
– Sal de mi camino, quien quiera que seas – dijo, casi divertido.
– No – le respondió la voz más lenta, fría y horrible que jamás escuchó. Era como el arrastrar de las cadenas de un hombre muerto, como la caricia de hielo que cubre a la hierba de escarcha, como un cuchillo congelado que se retuerce en las entrañas de uno. Un escalofrío brutal, una sensación de espanto y rechazo absoluto invadió a Frey en ese momento. Pensó que aquella era la voz de la Muerte, pero después se dio cuenta de que era algo aún peor. Porque esa criatura que estaba delante suyo, fuera lo que fuera, no iba a matarlo. Iba a hacerlo sufrir de maneras inimaginables, iba a explotar hasta el cansancio su capacidad de sentir dolor y terror. Se quedó inmóvil, hechizado por el embrujo de aquella palabra única, cargada de todo el poder inmenso de la criatura. Trató de imaginar de qué pozo infecto habría salido aquella alimaña, de qué hueco repleto de opresiones y dolor habría emergido, como una pesadilla para el mundo, pero no pudo. Sólo deseó una muerte rápida que durara un instante. Lo que fuera, con tal de borrarse y alejar para siempre el recuerdo de aquella voz que destilaba maldad pura, y deseos de muerte.
Pero al cabo de un tiempo, no sabría decir si minutos u horas, Frey se dio cuenta de que nada iba a suceder, a no ser que hiciera algo él mismo. Armándose de valor, dio un paso adelante y, durante un brevísimo instante, vio claramente el destello de la sonrisa. Odió aquella mueca, y ese odio le sirvió. Fue la materia con la que comenzó a forjar en su corazón un valor para él desconocido. Decidió que si iba a morir, o a sufrir, o lo que fuera, no lo haría gratuitamente. Se alzó y se irguió descubriendo para sí mismo una altura antes insospechada. Supo que sus días en el bosque lo habían convertido ya en un hombre y que era tiempo de comenzar a enfrentar sus miedos. Alzando la voz, ahora clara, poderosa y autoritaria, habló a la criatura nuevamente.
– Yo soy un servidor de Cristo, y un hijo de Dios, el Único y Todopoderoso. Soy, por la sangre de mi Salvador, siervo del Cielo y reo del Espíritu Santo. Sólo si el poder que te habita es capaz de enfrentarse con la furia desatada de los Tres que son Uno, te aconsejo que intentes para mí algún mal. Si no, retírate en nombre de Jesús y nunca vuelvas a molestar en el mundo de los vivos. Regresa a las llamas inmundas que te vieron renunciar a la Luz Eterna que te habitaba, pues conociste el amor y te revelaste, y para los de tu clase no hay perdón ni consuelo.
Entonces, los ojos se extinguieron y las voces del mundo regresaron. Las nubes pasaron de a poco, y las estrellas se encendieron, diminutas, en el cielo. Unos metros más adelante, Frey encontró el cuerpo de su tío. Estaba frío, como si llevara varias horas muerto, pero por suerte su rostro estaba en paz y Frey supo que la Parca había sido con él condescendiente. Lo cubrió con las rocas que sacó del arroyo, y puso sobre la tumba una corona de flores que tejió con sus propias manos. Recién entonces tuvo conciencia de cuánto amaba a su tío y le agradecía sus enseñanzas. Y volvió a su cabaña, sabiendo que para él ya no habría miedo alguno que lo controlara. Él era, al fin, dueño de su propio Destino.