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El Pasillo

Delante de él había un largo pasillo de baldosas amarillas desvaídas, adornadas con motivos en bordó que hacía mucho que habían perdido sus formas definidas o su esplendor. Su lógica le indicaba que el pasillo se veía demasiado largo, pero su mente confundida no acertaba a entender cuál podía ser el motivo por el cual la realidad se combara de forma tan extraña. Trataba de caminar por ese pasillo, pero no podía. Las puertas vidriadas que lo franqueaban parecían estar a cada paso más y más lejos.

Eran tres puertas. Una justo frente a él, al final de la galería. A juzgar por la luz que entraba a raudales por los cristales blanquecinos, debía dar al exterior. Quizás, a un pequeño patio interno de paredes de cemento pintadas de blanco y macetas en los rincones. Las otras dos puertas, también al final del pasillo, pero ubicadas a cada lado, enfrentadas entre sí, también tenían grandes ventanales esfumados, pero estaban mortalmente oscuras.

Algo le decía que, si se esforzaba, llegaría al final del pasillo; aunque la realidad le dijera otra cosa. Sentía los pies de plomo, demasiado pesados como para moverlos. Cada paso lo estremecía como un furioso terremoto, y hacía que la visión del pasillo se confundiera con extrañas imágenes de gente volcada sobre él gritando y una poderosa luz blanca, fluorescente y artificial.

¿Había una mano sobre su hombro, intentando voltearlo? Pero la luz de la puerta al final del pasillo era demasiado atrayente. La promesa del aire fresco, frío, de la mañana; de la textura familiar de las paredes; y del suelo rojo de aquel patio tan entrañable que creía adivinar del otro lado, era demasiado poderosa.

Pero, si no hacía algo, no llegaría nunca.

Se concentró en su pies, trató de imaginarlos más livianos. De pronto se recordó volando, lo cual lo confundió, porque él no había volado nunca. Hasta que cayó, y recordó que el vuelo era la forma en que él se bajaba de las hamacas cuando era chico: simplemente se arrojaba de ellas en el punto más alto de su pendular trayectoria, y dejaba que la gravedad y la inercia lo enterraran contra la arena de la plaza.

El ojo de su mente volvió al pasillo, y ahora podía sentir firme el suelo bajo sus pies. Aún le costaba moverse, pero avanzaba. La puerta era cada vez más grande allá a lo lejos.

Otro tirón de atrás. Hizo el ademán de volverse, pero presintió algo allá detrás: una tristeza honda, profunda, y una confusión horrible. El germen de un recuerdo poderoso, reciente, lacerante, se formó en su mente, pero él lo reprimió. Le bastó saber que estaba escapando de un gran, enorme dolor, y que despertarse era abrazarlo plenamente.

Con determinación, decidió no despertar.

Una vez afianzada su voluntad, caminar por el pasillo fue fácil. Sentía el eco desproporcionado de sus pasos, como si ese apretado recinto fuera en realidad vasto y amplio como el garaje vacío que estaba en la casa de su abuela, donde vivió de chico. El lugar donde había estado por primera vez completamente solo.

Pensar en su soledad lo angustió. Había algo de la oscuridad que lo perseguía en esa palabra, así que la apartó de su mente. La puerta luminosa estaba ahora a un paso.

Levantó su mano, pero algún tipo de remordimiento le hizo detenerse. No quería salir de allí como un cobarde. Decidió darse vuelta.

Detrás de él, estaba el Dolor. Todas las traiciones, decepciones y tristezas de su vida estaban allí, juntas, mezcladas. Y el Dolor dolía más, porque se parecía mucho al Amor, y a la Esperanza. Era lo que él, a partir de tan nobles materias primas, había fabricado: un lago enorme de honda pena.

Entonces, sin pensarlo siquiera, se apartó de la puerta al final del pasillo.

Decidió que no la merecía.

Abrió la puerta de la izquierda y la atravesó.

 

Se lo tragó la oscuridad.