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Fe

Una voz, aún más queda que el más ligero de los susurros,
apenas la delicada agitación del paso fugaz de una idea, resonó en el bosque.
Yo estaba solo, mi hoguera agonizaba, y me quedaban muchas leguas por recorrer.
Estaba cansado, y quería dormir, pero aquella llamada casi insignificante
provocó en mi alma una ansiedad que no encontré fuerzas para resistir. Así que,
casi en contra de mi propia voluntad, me encontré buscando los caminos arenosos
de aquella arboleda absurda, cuyas raíces llegaban incluso hasta el dominio
mismo de las olas. La madrugada estaba tranquila, después de que todas las
gaviotas sucumbieran al sueño. Entre los árboles, a veces, las podía observar,
como puntos blanquísimos que se agitaban en medio de la negrura, subiendo y
descendiendo en sueños según el compás de los vaivenes del mar.
Una luna llena, fría, derramaba su rocío celeste sobre el
mundo, y hacía que las formas fueran apenas un poco más fáciles de adivinar en
la oscuridad. La llamada volvió a sonar, otra vez, aún más ligera que la
mitológica Gleipnir, y yo sentí cómo mis entrañas volvían a agitarse en las
llamas de una ansiedad absurda. Me dije a mí mismo que estaba acometiendo una
locura, pero no hallé la forma de ordenarle a mis pies que emprendieran la
retirada. Seguía avanzando, de noche, solo, por un bosque oscuro, y las espinas
secas de los pinos me lastimaban.
En la maraña de pensamientos, intuiciones, instintos y
procesos inconscientes que gobernaba mi cabeza, habitaba en mí una sensación
indescriptible que me guiaba… casi como un presentimiento, que me indicaba a
dónde debía ir. Avanzaba a paso lento pero firme, como si tuviera una meta
concreta, como si esa sutil llamada tuviera para mí un significado que ni yo
mismo alcanzaba a comprender. Me dejé llevar por esa sensación, quizás
embriagado por la atmósfera del momento. Estaba en un bosque que se decía
mágico, bajo la influencia de una luna gigantesca, persiguiendo algo que no
podía comprender, pero a lo que, al mismo tiempo, no podía dejar de responder.
Así, sin más, terminé perdiéndome en el bosque.
La llamada no se volvió a oír. Y con el transcurso del día,
aquella sensación de que sabía perfectamente a dónde estaba yendo, simplemente
se disipó. Tarde caí en la cuenta de que me había creído un cuento de hadas que
me conté a mí mismo. Pensé que había alguna voluntad secreta que me impulsaba,
pero en la profundidad de la arboleda, no había nada. Seguí buscando un camino,
sin embargo, tratando de volver a hallar la orilla del mar, o el sonido de
algún arroyo, pero sin hallar nunca nada. El bosque estaba silencioso, y
desierto. Había zonas infestadas de centenares de nidos de palomas salvajes, y
durante la mañana se oía incesante el bullicio de las gaviotas pescando y
cazando por ahí, pero como volaban tanto en la orilla como sobre el bosque, no
pude usar sus gritos para orientar mis pisadas.
Al anochecer del segundo día, ya me sentía desbastado. La
marcha era dura, estaba cansado, no había llevado alimentos y la poca agua que
me quedaba, había empezado a escasear. Pero, al mismo tiempo, no tenía a dónde
volver. Nadie me esperaba en ningún lado. Si el bosque me devoraba, el mundo no
se enteraría nunca. Nadie sabía en dónde estaba, y a nadie le importaba.
Al amanecer, finalmente, me senté en un tronco, me bebí lo
que quedaba en mi botella, y me quedé con la vista perdida en la nada. No sabía
hacia dónde tenía que dirigir mi siguiente paso. No tenía a dónde ir. No sabía
qué hacer, ni por qué hacerlo.
La mañana pasó lenta sobre mí. Ya ni sentía el hambre. Mi
boca estaba hinchada, y la sensación de sed me nublaba la mente, pero sabía que
sólo era la ansiedad de saber que me había ya quedado sin agua. Mi cabeza llegó
a un punto muerto. Al final de todas las ideas. Me quedé sentado ahí, con la
cabeza vacía, rodeado de silencio.
Y no pasó nada. Absolutamente nada. Supongo que, en algún
lugar de mi corazón, yo estaba esperando que pasara algo. Que llegara alguien.
Que alguna deidad todopoderosa se apiadara de mí y me mandara una señal. Que el
Destino se manifestara, en cualquier forma.
Lentamente comprendí que no hay nada parecido al destino.
Que las cosas suceden sin razón. Yo me había metido ahí por mis propios medios,
y sólo iba a salir si lo hacía por mis propios medios. No había ningún
propósito o moraleja detrás de mi experiencia. Si me quedaba ahí, como un
estúpido, esperando que sucediera algo, lo único que iba a conseguir era morir
solo en medio de un bosque estúpido.
Así que, simplemente, me levanté y empecé a caminar de
nuevo. En vez de dar vueltas como un imbécil, mantuve el sol a mi izquierda y
después a mi espalda, porque sabía que el mar estaba hacia el sudoeste.
Eventualmente llegué a la costa, y siguiéndola, encontré un muelle, a personas
en ese muelle, y la forma de regresar.
La única salvación posible en esta vida es darse cuenta que
nadie se va a ocupar de darnos un propósito. Cada uno tiene que encontrar el
suyo, y alcanzarlo por su cuenta.