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Kintsugi

El estrépito de la lluvia sobre el tejado era ensordecedor. Por momentos, la tormenta arreciaba de tal modo que parecía que todo el cielo se iba a venir abajo. Cada tanto Ramón, el encargado de mantenimiento de la enorme mansión, se asomaba a alguna de las muchas ventanas y miraba al cielo. Le preocupaba la posibilidad de que cayera granizo. Recorría las estancias vacías con paso lento, buscando con el oído atento el repiqueteo de alguna gotera. Las luces se iban encendiendo y apagando automáticamente a su paso. Tras él, se extendía una silenciosa y extensa oscuridad.

Cerca de las nueve, los sensores de proximidad advirtieron que un vehículo avanzaba hacia la mansión por la carretera. Mediante una señal inalámbrica, la computadora de la residencia se comunicó con la del automóvil. Sus sistemas intercambiaron ciertas claves encriptadas. Un milisegundo más tarde, el coche tenía garantizado el libre acceso a la propiedad.

El automóvil era un modelo compacto y eléctrico, que no requería conductor. En su interior viajaba un hombre vestido con una gabardina negra. Mientras el piloto automático sorteaba los obstáculos en la ruta y encontraba el trayecto más efectivo a través de los caminos anegados, el pasajero anotaba ideas en una libreta de papel amarillo. Ocultaban sus ojos unas gafas oscuras de montura redonda. Las notas eran apretadas, nerviosas, e ininteligibles.

El vehículo se desvió de la carretera principal, recorrió una tersa senda asfaltada de más de un kilómetro de extensión, y llegó a la verja que protegía el acceso a la mansión, la cual se abrió de forma automática para dejarlo pasar. Decenas de cámaras de video registraron su avance por los jardines. Cuando se detuvo frente a la puerta principal, ésta se abrió automáticamente. Un mayordomo robótico salió a recibir al visitante.

El hombre de la gabardina negra se encasquetó su sombrero de fieltro antes de apearse del vehículo. Toda su ropa había sido tratada con un material hidrofóbico, por lo que la lluvia resbalaba sobre él sin mojarlo. Para el momento en que puso un pie debajo del alero, ya estaba perfectamente seco.

—La señora lo espera en el estudio —dijo el mayordomo—. Basándome en sus patrones de comportamiento en visitas anteriores, puedo inferir que usted prefiere que no lo acompañe.

—Eso es correcto —dijo el hombre.

—¿Desea que me encargue de su abrigo?

—No. Mi visita será breve.

El mayordomo le franqueó el paso y el hombre avanzó solo por los pasillos heridos por largas sombras. De vez en cuando, algún relámpago se colaba como un torrente de luz por las viejas estancias, bañándolas con un brillo fantasmagórico, frío y extraño. Al final de un ancho corredor plagado de reliquias historiadas, el visitante se detuvo frente a una puerta de doble hoja. Golpeó tres veces, con la misma cadencia que lo hacía siempre. Del otro lado, una voz de mujer respondió con tono amable:

—Pasá, está abierto.

El visitante entró en un estudio enorme. Altísimas estanterías atiborradas de libros ocupaban todas las paredes. Cuatro bibliotecas más, acomodadas en peine, se distribuían en la mitad anterior de la habitación, creando estrechos pasillos. Detrás de éstas, un enorme escritorio minado de expedientes, carpetas, y papeles completaba la estancia.

Una mujer de cabello blanco, fríos ojos grises, y un rostro estrecho y severo, se curvaba sobre un viejo cuaderno de tapas de cuero negro. Su letra, apretada y nerviosa, se derramaba en tinta sobre los renglones.

El hombre avanzó mientras una ráfaga de truenos hacía sacudir los cristales de las ventanas. Se detuvo frente al escritorio, entre dos sillas rojas, y metió la mano en un bolsillo interior de su abrigo. Sacó una pequeña caja de madera rectangular, forrada de terciopelo negro, y la apoyó sobre el mueble, antes de sentarse.

La mujer dejó su trabajo, estiró la mano avejentada, y alcanzó el obsequio. Lo abrió, y descubrió en el interior de la cajita una exquisita pluma estilográfica de colección, enchapada en oro. Sonrió.

—No te hubieras molestado —le dijo al hombre, visiblemente halagada.

—Por favor —dijo él—, sos la única persona que conozco que comparte mi pasión por estas chucherías. Cada vez que veo alguna pluma o una libreta de buen gusto, no me puedo resistir.

La mujer se quedó contemplando el regalo unos segundos. Luego, lo guardó y, con reverencia, lo colocó a un lado. Su sonrisa se borró cuando miró al hombre nuevamente.

—Pero no es esto por lo que viniste, ¿verdad? —dijo—. Recibí tu correo electrónico, y estudié el caso con detenimiento. Lo que me pedís está en contra de la ley 27.130 que establece la obligatoriedad de un tratamiento psicológico para este tipo de casos.

—Sí, establece su obligatoriedad, pero no que el mismo deba ser inmediato —dijo el hombre, recostándose sobre el respaldo de la silla—. Lo que te pido es sólo una pequeña prórroga. Vos sabés bien que forzar una acción así no tiene sentido. Elvira es reticente, no le interesa ir a terapia. ¿Qué lógica tiene obligarla? Dame la oportunidad de convencerla, no es nada más que eso.

—¿Y qué garantía tenés de que los padres no van a accionar legalmente? —preguntó la mujer. Su mirada era fría e implacable.

—¿Eso es lo que te preocupa, Julia? ¿Cubrirte de una posible demanda?

—El Estado podría quedar expuesto a una denuncia millonaria. Mi carrera quedaría arruinada en un escándalo semejante.

—Está bien —dijo el hombre, poniéndose de pie. —Vos pensá en las posibles demandas, o en el futuro de la carrera de una jueza de familia al borde de la jubilación.

Le dio la espalda a la mujer y encaró la puerta.

—Yo voy a pensar en Elvira, y en su bienestar —dijo en voz bien alta, antes de cerrarla tras de sí.

Atravesó la enorme mansión en la que un pequeño ejército de robots domésticos se afanaba en silencio en diversas tareas, supervisados por Ramón, el único ser humano que trabajaba para la jueza Reuther. Junto a la puerta, el mayordomo artificial lo esperaba.

—La señora me pidió que le dijera que su petición ha sido concedida —le dijo—. Le ha enviado los detalles por correo electrónico.

El hombre respondió:

—Decile que se lo agradezco.

Luego, sin más, atravesó la puerta principal y dejó que se lo devorara la tormenta.

La oficina era blanca. Todas las superficies tenían bordes redondeados y estaban perfectamente lustradas. A Elvira, el estar sentada ahí, le daba la sensación de haber sido sumergida en una taza de leche. Estaba aburrida, pero ni siquiera intentó usar el celular: tenía los dedos inutilizados. Operar la pantalla táctil se había convertido en algo frustrante, casi imposible.

Lo único que no era blanco era una vieja vasija, colocada sobre un estante. El recipiente era gris, pero estaba veteado con sinuosas líneas áureas que lo recorrían por toda la superficie al azar, como un relámpago eternizado en oro. A Elvira le pareció que era hermoso.

Se quedó largo tiempo contemplándolo. La silla era cómoda. Se relajó y empezó a sentir que se dormía. Últimamente le parecía que siempre tenía sueño, pero le bastaba apoyar la cabeza sobre la almohada a la noche para despabilarse por completo. A veces permanecía horas y horas acostada, mirando la pantalla del televisor o —antes, cuando podía usarlo— la de su celular, sin poder conciliar el sueño.

Tenía trece años, cabello castaño, ojos marrones. Se sentía la piba más común sobre la faz de la Tierra. Distaba mucho de ser delgada. Odiaba su cuerpo, odiaba su pelo, y reconocía que su cara era bastante tolerable, pero pensaba que, sin ninguna otra característica bella que la acompañara, quedaba desperdiciada en ella. Si alguien borrara de su historial académico los últimos seis meses de su vida, se hubiera dicho de ella que era una excelente estudiante.

Pero el problema eran, precisamente, esos últimos seis meses.

Había comenzado a cabecear en el momento en el que, sin previo aviso, un hombre entró en la habitación.

Era alto y delgado. Vestía una gabardina negra, un ridículo sombrero que podría haber estado de moda durante la primer mitad del siglo XX, y unos anteojos oscuros de montura redonda. Su piel era morena y se la veía gastada y fina, seca y casi transparente, como un pergamino momificado. Cuando se quitó el sombrero, Elvira vio que era calvo.

Con lentitud y prolijidad, el tipo colgó el abrigo y el sombrero en un perchero que, por supuesto, era blanco. Después, rodeó la mesa larga y ovalada y se sentó frente a Elvira. No se sacó las gafas. Elvira no podía verle los ojos, pero sí su propio reflejo, el cual casi aborrecía.

—Perdón por la espera, Elvira —dijo el hombre. Hablaba de forma relajada, con confianza, como si la conociera de toda la vida y no fuera la primera vez que se veían. —Me llamo Roberto Howland, y soy el director y fundador de esta clínica. Tengo un doctorado en medicina y estoy especializado en microcirugía reconstructiva. Según tengo entendido, viniste a esta entrevista porque te lo pidió tu mamá, pero no tenés mucha idea de lo que hacemos acá, ¿no?

—No —dijo ella. Se sentía confundida e intimidada por la confianza con la que le hablaba Howland.

—Bueno, te cuento —dijo el médico.

Abrió un cajón de su escritorio y sacó de ahí un tubo del tamaño de su dedo índice. Los extremos del objeto eran metálicos, mientras que la parte central era transparente, y estaba rellena de alguna especie de emulsión en la que flotaban diminutas partículas plateadas, que brillaban bajo la implacable luz blanca de aquella oficina.

—Esto que tengo acá es una pequeña muestra de nuestro último modelo de nanobots, unas máquinas diminutas, cien veces más chicas que una célula humana promedio. Su aplicación es médica. En el caso de este modelo en particular, fue perfeccionado para su utilización en una nueva terapia de cirugía reconstructiva: los nanobots, o nanites, se inyectan en el torrente sanguíneo del paciente, y una vez allí, pueden sintetizar tejidos orgánicos indistinguibles de los que produce el propio cuerpo humano.

»Reconstruir nervios, soldar huesos, enmendar músculos… pueden hacerlo todo, de manera precisa e indolora, sin bisturíes, anestesias, ni riesgos de infección. Son la vanguardia en el campo de la medicina en el que me especializo y, gracias a ellos, acá estamos haciendo historia.

—¿O sea que podría recuperar la movilidad de mis manos? —preguntó Elvira, yendo directo a lo único que le interesaba.

Howland asintió gravemente.

—Estudié bien tu caso, y la probabilidad de que tengas una recuperación completa es muy alta. Pero existen algunas condiciones a las que tendrías que acceder antes de que podamos avanzar. En primer término, ésta es una terapia lenta. Los nanobots trabajan a nivel molecular, son como diminutas impresoras 3D operando en las células casi átomo por átomo. Por eso, la terapia avanza a un ritmo orgánico, como el del crecimiento de las uñas, por ejemplo. Estimo que podrían pasar seis meses antes de que podamos darte el alta. Además, la reconstrucción que requiere tu caso es compleja: necesitamos reconectar nervios, reparar tendones, y también trabajar en la reconstrucción de la piel de tus muñecas, si queremos borrar las cicatrices. Los nanites son máquinas increíbles pero, por sí solos, son bastante tontos. Por su tamaño, no tienen una capacidad de procesamiento compleja y sus bancos de memoria alcanzan para almacenar muy pocos datos. Por eso es necesario que, tres veces por día, se les administren nuevas instrucciones.

»La tremenda complejidad de tu tratamiento —pensá que estamos hablando de reconstruir todo casi molécula por molécula— la manejaría nuestro cirujano virtual, una inteligencia artificial de máxima tecnología cuya tarea es controlar a los nanobots. Él les va a ir indicando, de manera inalámbrica, cómo operar en tu cuerpo, pero, para eso, es necesario que pases por el quirófano cada ocho horas y te acuestes sobre la camilla por un período de diez segundos: cada vez que lo hagas, el sistema va a hacer un rápido escaneo de la posición de los nanites, calcular su progreso, y transmitirles nuevas instrucciones. Estamos hablando de un quirófano de nanoterapia, no te imagines una instalación aséptica y plagada de bisturíes, es sólo un pequeño cuarto funcional con una camilla cómoda y nada más. Podés entrar ahí sin ninguna preparación previa, te acostás un ratito y, cuando el aparato te lo indique, te retirás y seguís adelante con tu vida.

Elvira se tomó unos minutos para procesar la información antes de resumir:

—Diez segundos, cada ocho horas.

—Así es.

—¿O sea que me tengo que quedar internada acá seis meses?

Howland levantó las manos con las palmas abiertas y se encogió de hombros.

—Es tu decisión. Si no querés, podés volver a la ciudad y someterte a una cirugía clásica. Pero no esperes los mismos resultados que acá.

—¿Y no pueden transmitir las instrucciones a los nanobots de manera remota?

—Un escaneo frecuente y preciso de la posición de cada una de las unidades microscópicas es indispensable para el correcto control del procedimiento —dijo Howland, con tono de repetir algo de memoria. —Todavía no existe la tecnología para hacerlo de manera ambulatoria, pero estamos trabajando en eso. Sé que es molesto tener que quedarte acá tanto tiempo, pero por ahora es la única alternativa si querés asegurarte una recuperación completa e indolora.

»Seis meses te pueden parecer mucho tiempo, pero estudié tu caso con detenimiento y te puedo decir que, con los métodos tradicionales, podrías tardar más de cinco años en recuperar la movilidad de tus manos. Y lo más seguro es que te queden secuelas.

»Pero… hay algo más, Elvira. No sé si ella te lo dijo, pero tu mamá y yo somos viejos conocidos. Estudiamos juntos en la Universidad hace mucho, mucho tiempo. Ella terminó abandonando los estudios, hizo su vida, un par de décadas más tarde conoció a tu papá y te tuvo a vos. Nuestros caminos nunca se volvieron a cruzar, hasta ahora. Hacía casi cuarenta años que no nos hablábamos, pero fui la primera persona a la que llamó cuando se enteró de lo que te pasó. Sabiendo que soy un experto en cirugía reconstructiva, me pidió personalmente que hiciera todo lo posible para ayudarte. Y, bueno, resulta que asegurarme de que puedas recuperar la movilidad de tus manos, y borrarte las cicatrices de las muñecas, dista mucho de ser todo lo que puedo hacer por vos.

Howland se levantó, flanqueó el escritorio, y se acuclilló frente a Elvira. Se puso tan cerca, que ella podía ver todos los detalles de su cara en el reflejo que le ofrecían las gafas.

—Sabés que la ley ordena, en los casos como el tuyo, un tratamiento psicológico obligatorio, ¿no?

—No pienso ir al psicólogo—dijo Elvira, hostil.

—Sí, ya sé. Esa es una de las cosas que más le preocupan a tu mamá, tu terminante negativa a hacer psicoterapia para lidiar con lo que pasó. Pero… existe otra alternativa. Es experimental, pero podría funcionar.

Elvira no lo miraba. Se mordisqueaba la mejilla nerviosamente.

—¿Qué alternativa? —preguntó.

—Bueno… los nanobots, como te dije, actúan a nivel celular. Y está demostrado que los recuerdos se almacenan en neuronas específicas en el cerebro. En el año 2005, un equipo liderado por Rodrigo Quian Quiroga de la Universidad de Leicester, en Inglaterra, publicó un trabajo que demostraba que, cada vez que vemos una cara que conocemos, una neurona específica se activa en el cerebro. Cada vez que mirás al presidente, por ejemplo, una neurona en particular, sólo una, se activa ante esa imagen. Cuando mirás al rey de España, la que se activa es otra, distinta, pero sólo esa. Lo mismo sucede con cada persona famosa y con cada rostro que podés identificar: tenemos una neurona específica para cada cara que conocemos. Hay una neurona para el Papa, otra neurona para tu mamá y otra para mí. Ahora, imaginate que usamos uno de los nanobots para buscar esa neurona específica y desactivarla… borraríamos esa información, para siempre.

»Lo que te estoy diciendo, Elvira, es que podríamos usar mis nanites para borrar tus recuerdos.

Elvira desvió la mirada. Howland, pasada la intensidad del momento, se incorporó lentamente y volvió a su asiento. Se quedaron unos instantes en silencio. Amortiguadas por la distancia, les llegaban las notas de una guitarra criolla: alguno de los pacientes de la clínica estaba tocando una canción en uno de los espacios comunes, mientras que otros lo acompañaban con las palmas.

Finalmente, Elvira preguntó:

—¿Es seguro?

El médico sonrió irónicamente.

—¿Querés saber si te voy a freír el cerebro? —dijo. Se enderezó en el asiento y apoyó los codos sobre el escritorio. A pesar de las gafas, Elvira podía sentir la intensidad de su mirada. —Jamás tomaría una decisión que pudiera ponerte en peligro: todo lo que hacemos en esta clínica es perfectamente seguro.

—Es perturbador que hable de mí en esos términos, doctor —dijo ella, impulsivamente—: no nos conocemos.

Howland volvió a sonreír, pero sin alegría.

—Tenés toda la razón, perdoname.

Elvira, a su pesar, se sonrojó. No era muy propio de ella ser tan directa, y mucho menos con una persona mayor. Aún así, le dio algo de orgullo haberse plantado, aunque fuera una vez, de esa forma.

—Esto no es un truco de feria ni una terapia de medicina alternativa a base de yuyos exóticos y sanguijuelas —dijo Howland—. Es un procedimiento quirúrgico, preciso, que tiene dos etapas: en la primera, se escanea el cerebro buscando cuáles son las neuronas específicas que se activan con cada memoria, y se las inhabilita de forma inofensiva y temporal. Las células siguen ahí, felices, gozando de perfecta salud, sólo se les coloca una sustancia inocua al final de las dendritas que les impide realizar una sinapsis normal. Usamos un gel orgánico, que puede disolverse y retirarse del sistema nervioso central en menos de veinticuatro horas, tras administrar una pastilla. Es más, si se lo deja, se disuelve solo al cabo de unos ocho o nueve meses. Así que la primera etapa es sólo temporal, perfectamente segura, y ciento por ciento reversible. Una vez que las neuronas específicas están aisladas, los recuerdos se vuelven distantes y borrosos. Siguen ahí, en rasgos generales, pero pierden su valor emotivo.

»La mayoría de los pacientes la atraviesan sin ningún estrés, sabiendo que, ante cualquier efecto adverso de cualquier tipo, el proceso se puede revertir de inmediato y sin dejar ninguna secuela. Sólo una pequeña proporción experimenta una sensación de confusión y ansiedad desagradable, similar a la que experimentan los pacientes con demencia o enfermedades neurológicas degenerativas como el Alzheimer. Ser consciente de que uno olvidó algo no siempre es cómodo: el cerebro se encapricha en encontrar esa información que ya no está ahí, y eso puede causar algo de estrés. Pero son casos muy aislados. Casi todos los pacientes lo experimentan con mucha calma, porque saben que es una consecuencia buscada del proceso de recuperación.

»Tras anular las neuronas indicadas —menos de dos docenas en todos los casos, y apenas dos o tres en la mayoría—, se realizan diversas pruebas neurológicas y psicológicas para detectar cualquier efecto adverso no buscado: falta de coordinación, restricciones en la movilidad, afectaciones en la capacidad cognitiva, etcétera. En caso de que las pruebas den bien, y si el paciente se siente cómodo, está conforme con los efectos, y así lo desea, recién entonces se pasa a la etapa siguiente, donde las neuronas anuladas son destruidas de forma permanente.

»Y, así, los recuerdos simplemente dejan de existir, para siempre.

—¿Cómo identifican las neuronas que van a desactivar?

—Siguiendo la técnica desarrollada por Quian Quiroga en la Universidad de Leicester: se le muestran al paciente imágenes relacionadas con el recuerdo que se quiere borrar mientras se escanea la actividad cerebral. Cada imagen activa un grupo de neuronas distinto pero, por lo general, sólo un puñado de células se activa siempre: esas son las que guardan el recuerdo, y las que tenemos que anular.

Elvira pensó un instante.

—O sea que, para poder matar al recuerdo, primero hay que revivirlo.

Howland asintió moviendo la cabeza lentamente.

—Así es —dijo el médico, con afectado dramatismo—. Saborearlo una última vez, con absoluta intensidad, para después, eliminarlo.

Elvira se quedó en silencio, y Howland no la presionó. Los minutos pasaron lentos. Finalmente, la muchacha dijo:

—Hagamos lo otro, lo de las manos.

—Muy bien —dijo el médico—. Te voy a asignar una habitación de inmediato.

—¿Ahora? ¿No tendría que ir a mi casa a buscar ropa, por lo menos?

—Si es por la ropa, elementos de higiene y esas cosas, no te preocupes: acá te proveemos de todo lo que necesites. Ahora, si querés contar con algún efecto personal, le puedo escribir a tu mamá y pedirle que te lo traiga.

Elvira sopesó las posibilidades: por un lado, pasar los siguientes seis meses sin su lector de libros electrónicos, su tablet y su laptop. Por el otro, pedirle un favor a su madre.

Decidió que no necesitaba nada.

—Está bien, con que me presten algo de ropa me arreglo, no hay problema.

—Muy bien —respondió Howland poniéndose de pie. —Vení conmigo.

La clínica funcionaba dentro de un viejo caserón perdido en medio del campo, a unas dos horas de viaje de la urbe más cercana. Si bien la fachada y los cimientos eran antiguos, por dentro el edificio había sido reformado incontables veces y sometido al más estricto mantenimiento. El resultado era un nosocomio pulcro, moderno, forrado hasta el último rincón de la más diversa y más moderna tecnología. La temperatura, iluminación y ventilación de cada cuarto se manejaba de manera automática. Todos los movimientos de los pacientes y del personal eran monitoreados por una inteligencia artificial que se encargaba de comprar los víveres y suministros —que eran luego entregados en las instalaciones mediante drones no tripulados—, optimizaba el uso de la energía para depender lo mínimo posible de la red eléctrica —casi todas las funciones de la clínica eran sostenidas por bancos de paneles solares propios—, y daba instrucciones a los robots de mantenimiento para mantener la limpieza y la integridad estructural del edificio. Así, cada recoveco y pasillo tenía ese aspecto aséptico y lechoso que Elvira había apreciado por primera vez con detenimiento en la oficina de Howland: casi todo estaba cubierto de una resina ultra resistente y de fácil reparación, de color blanco.

Mientras la llevaba a su habitación, el médico le mostró a Elvira los espacios comunes: el comedor, la biblioteca, un cuarto de estar grande con piso de parqué —plagado de sillones, enormes almohadones, estanterías con juegos de mesa y diversos instrumentos musicales—, tres cuartos de estar más pequeños, y un diminuto jardín interior, techado, pero adornado con plantas reales.

Le explicó algunas reglas básicas: no se podían recibir visitas en las habitaciones privadas ni comer en ellas, había que hacer silencio después de la hora de la cena y a la hora de la siesta, y todos los elementos comunes debían ser colocados en su lugar después de ser utilizados. Se servían cuatro comidas en horarios específicos, pero la cocina no cerraba nunca y se podía pedir algún bocadillo o una infusión en cualquier momento del día, siempre que se consumiera en el comedor. Había un servicio de lavandería y de recolección de residuos, pero el orden de los cuartos lo tenía que mantener cada paciente. Se hacían inspecciones semanales, con previo aviso.

Finalmente, tras recorrer un pasillo cercado de puertas numeradas, Howland se detuvo frente a la que tenía el número 19, en el primer piso. Abrió la puerta para Elvira, pero no entró. Se despidió diciendo que el procedimiento comenzaría a la mañana siguiente, y que enviaría a alguien a buscarla.

La habitación era amplia y cómoda, con grandes ventanales que daban al jardín. Había una cama de dos plazas, un televisor, un escritorio pequeño con una laptop, y un enorme armario con toneladas de ropa que, en general, tenían más o menos el tamaño adecuado para ella.

Afuera, la tormenta arreciaba. La lluvia y el viento golpeaban con fuerza los cristales. Elvira cerró los ojos y disfrutó del sonido de las gotas sobre el tejado. Sintió que había tomado una buena decisión. Que estar ahí, en un lugar nuevo y tan distinto a los que estaba acostumbrada, le iba a hacer bien. En su casa sentía que los recuerdos estaban agazapados por doquier, como bestias hambrientas, dispuestas a abalanzarse sobre ella en el momento más inesperado.

Cada recoveco contaba una historia, y todas dolían.

Intentó dormirse, pero no pudo. Encendió la computadora y navegó un rato por Internet, pero finalmente se aburrió y la volvió a apagar. Prendió el televisor y empezó a pasar los canales sin interés alguno hasta que, finalmente, reconoció la cara de un actor cualquiera. Por pura curiosidad se quedó mirando la película, pero fue un error: ésta, de pronto, se tornó demasiado emocional. Los sentimientos de Elvira, tan fuertemente reprimidos en la superficie, pero exacerbados en su interior, tomaron el control de la situación.

Sin poderse dominar, agarró su celular. Con dificultad y mucha frustración, abrió la galería y buscó la primera foto en la que aparecía David. Estaban juntos en un centro comercial, tomando una merienda. Ambos sonreían. Ella lo amaba. Para él, sólo eran amigos.

Empezó a llorar. Abrió la aplicación de la última red social de moda y entró al perfil del muchacho. Estaba repleto de fotos en los que se lo veía sonriente, paseando con su novia.

No había una sola mención sobre Elvira, ni sobre lo que le había pasado.

David, simplemente, había seguido adelante con su vida.

Sintió que el dolor le oprimía el pecho. Las lágrimas le surcaban el rostro, saladas y calientes. Empezó a apretar el celular inútilmente, como si quisiera partirlo a la mitad. Sintió que el dolor le volvía a las muñecas, pero eso, en vez de conminarla a detenerse, hizo que quisiera estrujar el aparato todavía con más fuerza. Finalmente lo tiró contra la pared, haciéndolo pedazos. Se arañó el dorso de las manos. Se rasguñó los muslos. Se golpeó las piernas, llorando, furiosa y triste. Un largo gemido, ululante y desesperado, se le escapó de la garganta.

Había empezado a darse bofetadas en el rostro cuando, de pronto, una mano que le pareció fuerte y cruda como el hierro aferró la suya. No abrió los ojos, y trató de resistirse ciegamente, pero alguien la abrazó con determinación y la inmovilizó. Ella intentó alejarse, pero le faltó ímpetu. Finalmente, se relajó, y aceptó el consuelo.

—Yo sé que aún no lo podés ver —escuchó que le decía Howland—, pero todo va a estar mejor. Esto también va a pasar, creeme.

Se quedaron ahí, los dos sentados en el piso, él abrazándola y ella llorando de forma cada vez más queda, mientras la tormenta pasaba sobre ellos, el cielo se encendía en relámpagos, y la noche caía, lentamente.

Un tono breve, dulce, anunció que era la hora de la cena. Howland, con esfuerzo, se puso de pie. Se le habían dormido las piernas. Elvira tenía el rostro hinchado de llorar, y le dolía la garganta.

—Es la hora de la cena —dijo Howland—. ¿Querés venir al comedor?

Elvira no habló. Negó, moviendo la cabeza.

—Está bien —dijo él. —Te traigo comida.

—No —dijo ella—. No quiero comer. Quiero dormir.

—Está bien.

La acompañó. Elvira se acostó sobre el cobertor, aún vestida, y cerró los ojos. Howland se sentó a los pies de la cama, y se quedó mirándola. Al cabo de un rato, la muchacha ya estaba dormida.

El cirujano tomó una manta del armario y la tapó. Después, salió de la habitación en silencio, para no despertarla.

A la mañana siguiente, cuando salía de su oficina para ir al quirófano, Howland descubrió a su paciente esperándolo en el pasillo.

—Quiero hacerlo —dijo Elvira—. Quiero olvidar.

—Vení —dijo Howland.

Recorrieron juntos los recovecos de la clínica. Era muy temprano por la mañana, y la mayoría de los pacientes dormían. Sólo había robots deambulando por los pasillos. Howland la condujo hasta los ascensores y presionó el botón del segundo subsuelo. Salieron de la cabina a un corredor blanco y lustrado. Puertas de metal sin identificación se sucedían periódicamente a los lados. Al llegar al final de la galería, Howland dobló a la derecha y, luego, ingresó por la primera puerta a la izquierda.

El quirófano de nanoterapia era pequeño. Había una estación de trabajo contra la pared y una camilla cómoda y acolchada en el centro. Sobre el cuarto se alzaba una estructura tubular enorme en la que, periódicamente, se abrían pequeñas ventanitas cuadradas por las que se asomaban las lentes de una infinidad de dispositivos diminutos, similares a cámaras de video.

Howland le señaló la camilla a Elvira. Ella se recostó. En ese momento, la puerta se abrió y entró un robot. Le llegaba a Howland a la altura del hombro y se desplazaba sobre unos sistemas de tracción tipo oruga triangulares y pequeños. La máquina se colocó junto al médico y comenzó a operar los controles con él. Tras unos minutos, el asistente artificial del cirujano se acercó a la camilla. Empuñaba una jeringa, y en el interior de ésta flotaban millones de nanobots.

Elvira casi no sintió el pinchazo, pero sí experimentó un ligero ardor cuando el líquido atravesó la aguja hipodérmica y le invadió la sangre. Cuando el robot volvió a su lado, Howland le dijo:

—Muy bien. Ahora hay que esperar más o menos media hora hasta que los nanites viajen por el torrente sanguíneo hasta las zonas en las que necesitamos operar. Mientras tanto, vamos a hacer un escaneo completo de tus muñecas y de tus brazos. En general, los escáneres funcionan bien aún en movimiento pero, si te quedás quieta, van a terminar más rápido.

El robot volvió a acercarse. Esta vez, portaba unos tubos blancos de unos cincuenta centímetros de largo y quince de ancho. Metió los antebrazos de Elvira en cada uno de estos dispositivos y volvió a alejarse.

—Vas a recibir algunas dosis bajas de rayos x, y el resto de los escaneos van a ser magnéticos. Tarda un ratito.

Elvira escuchó un ligero rumor que venía desde los artefactos. Sintió que el calor dentro de los aparatos aumentaba levemente. En un momento, vibraron en sucesiones rápidas y cortas. Dos minutos más tarde, el robot se acercó y se los retiró.

—Listo por ahora —dijo Howland—. En breve, los nanobots comenzarán a trabajar en la reconstrucción de tus manos.

—¿Y lo otro? —preguntó Elvira.

—Ahora viene. Tenemos que hacer algunos ajustes antes.

Tanto el médico como el robot estuvieron trabajando por más de media hora, ingresando comandos en la estación de trabajo con precisión y rapidez. Finalmente, el robot volvió a acercarse. Esta vez llevaba un casco blanco, como de motociclista de mediados del siglo XX, pero desprovisto de todo acolchado y sin ninguna tira. Se lo colocó en la cabeza a Elvira y volvió a alejarse. Howland, entonces, ordenó:

—Empecemos con algo simple. Quiero que trates de concentrarte en algo específico. Una sola imagen. Intentá enfocarte y evocarla lo mejor que puedas. Tiene que haber alguien en esa imagen, una persona en particular. Puede ser quien vos quieras.

—Bien —dijo Elvira.

Evocó la última fotografía que había visto en su celular de David y de su novia. Estaban en un parque, tomando helado. Los ojos de él eran azules, los de ella, verdes. Eran rubios, delgados, y felices. Sintió que una lágrima le resbalaba por la mejilla.

—Muy bien —dijo Howland—. Ahora pensá en otra imagen. Puede ser real, o imaginada. Lo importante es que esté la misma persona. Intentalo.

Elvira pensó en la primera vez que había visto a David. Tenían diez años. Él había sido transferido a su escuela desde otro colegio. Ella se acercó en el recreo a hablarle, y él le había sonreído.

—Perfecto, estamos empezando a ver un patrón. Otra imagen, por favor.

El baile de la escuela. David y ella habían ido juntos, pero como amigos. Sin embargo, en un momento, él la había invitado a bailar. Había sido amable y respetuoso. Hablaron durante toda la canción, como quitándole importancia a la situación. Pero, en un momento, Elvira se quedó mirándolo y hasta pensó en darle un beso. Finalmente no hizo nada, y el instante pasó.

—Otra imagen —ordenó Howland.

El campamento. La primera vez que David había visto a Melissa, su novia. Su cara de embobado. El ardor de odio que ella había sentido en el estómago al ver cómo la miraba.

—Otra imagen.

David riéndose. Abrazando a Melissa. Mirándola a ella, a Elvira, con indiferencia.

—¡Lo tengo! —anunció Howland.

Elvira sintió que el estómago le daba un vuelco. De pronto, estaba desorientada y enferma. Le dieron arcadas. Era como si, súbitamente, alguien le hubiera quitado el suelo de abajo de los pies. Como haber caído al vacío por un segundo. Como cuando te dormís, y te despertás al instante sintiendo que estuviste a punto de morir.

Todos los vellos del cuerpo se le erizaron. Sintió como si un dedo congelado le acariciara de punta a punta la columna vertebral. La boca se le llenó de un sabor metálico: pura adrenalina.

—¿Estás bien? —preguntó Howland.

Elvira no supo qué contestar. Sentía que le faltaba algo. Estaba desorientada y nerviosa. Había algo que tenía que hacer… algo en lo que tenía que pensar. Era como si, de pronto, alguien le hubiera quitado algo importantísimo, algo que ella tenía que cuidar y atesorar y con lo que tenía que apuñalarse una y otra vez, pero no lo encontraba.

—Yo… —comenzó a decir, pero se detuvo. —Me siento algo mareada nada más —dijo, finalmente.

Howland se acercó y, con delicadeza, le quitó el casco.

—Es normal —le dijo—. En muchos aspectos es como si hubieras sufrido un accidente cerebro vascular. ¿Te acordás de qué hacíamos acá?

Elvira se sentó sobre la camilla.

—Sí —dijo—, usted iba a borrarme un recuerdo.

—Así es —dijo Howland—. De hecho, ya lo borré, al menos temporalmente. Intentá describir cómo te sentís, por favor.

Elvira reflexionó unos minutos antes de decir:

—No puedo concentrarme. Mi mente da vueltas y vueltas alrededor de una idea que no está ahí. Sé que me olvidé de algo importante, pero no puedo precisar qué. Algo… como si fuera incapaz de saber mi nombre, o el número de mi documento de identidad, algo así de importante. Tengo la sensación de que hay alguna cosa urgente que tengo que hacer, pero no sé qué es.

Howland la reconfortó palmeándole la mano.

—Andá a tu habitación. Acostate y dormí un rato. Dejá que tu cerebro se adapte al cambio. Te explico por qué: los sueños son lo que experimentamos mientras nuestro cerebro acomoda sus archivos y relaciona información.

»Confiá en mí, cuando te despiertes, te vas a sentir mucho mejor.

Elvira no se lo discutió pero, en el fondo, lo dudaba.

Abrió los ojos en la oscuridad. Al mirar por la ventana, notó que ya era noche cerrada. Se sentía algo confundida aún, pero serena. Era un sentimiento que no había tenido en mucho, mucho tiempo. Quizás no se había sentido tan en paz en toda su vida.

Sus ideas se habían ordenado un poco y, extrañamente, podía mirar los eventos de los últimos seis meses sin angustia. Recordaba todo lo que había sucedido. Cómo su tristeza y su desesperación habían ido en aumento hasta que, llegado cierto punto, cometió una estupidez.

Pero lo que no podía evocar, por mucho que lo intentara, era el rostro de David.

Había olvidado la cara del amor de su vida.

Y, como si ese fuera el centro de toda su desesperación y de su angustia, se sentía de pronto serena… pero también vacía.

Buscó de nuevo una foto de David en su celular. Cuando la encontró, descubrió que mirarla, no la afectaba. La cara del pibe estaba ahí, pero era como mirar a un extraño. No sentía ni amor, ni dolor, ni nada. Un momento más tarde, cuando entró en el baño y se miró a sí misma a los ojos a través del espejo, no le gustó lo que vio. Era como mirar a un maniquí, a una estatua…

O a una persona muerta.

Se había acostado y estaba empezando a adormilarse de nuevo cuando escuchó la música. Era una balada lenta, cantada por un hombre acompañado sólo por una guitarra acústica. Se oía cercana, real, auténtica.

Elvira se levantó.

Salió de la habitación aún descalza, pero no le importó. Seguía el sonido de aquel canto tan hermoso y reconfortante. Atravesó los pasillos como en un sueño, siguiendo aquella dulce voz que reverberaba por cada rincón de la clínica, haciendo vibrar el aire.

Descendió por una escalera ancha, de madera. Sintió la caricia del roble barnizado en la planta de sus pies. Era una caricia tibia y agradable.

Al final de la escalera se abría la sala de estar más grande del nosocomio. Habían apartado los muebles y colocado una alfombra justo en el centro de la habitación, como delimitando un espacio escénico. Sentado sobre una banqueta, un muchacho alto de cabello negro tocaba la guitarra y cantaba. A pesar de no usar micrófono, su voz poderosa invadía el aire y lo dominaba.

A su alrededor había una pequeña multitud sentada en el suelo. Elvira reconoció a otros pacientes, a parte del personal auxiliar, y a algunos de los médicos.

Se quedó ahí, al pie de la escalera, escuchando y mirando al muchacho que cantaba. Pensó que era hermoso y que tenía un talento increíble.

En un momento, una chica algo más grande que ella, pecosa y de enmarañados bucles pelirrojos, la vio parada ahí en el rincón. Se puso de pie en silencio, agarró a Elvira de la mano, y la llevó con los demás, invitándola a sentarse junto a ella.

El de la guitarra cantó varios temas más. Algunos movidos, durante los cuales el público ayudaba con los coros y hacía palmas al ritmo de las canciones. Otros más tranquilos, que los conminaban a hacer silencio y escuchar.

Finalmente, el cantante les ofreció una versión despojada y sencilla de La vie en rose y hasta hubo algunas lágrimas. Pero, antes de dar por terminada la noche, el artista miró al público y preguntó:

—¿Quién sabe Blackbird, de Los Beatles?

Elvira sonrió, porque era una de sus canciones favoritas. Cuando la muchacha pelirroja vio ese gesto, como impulsada por un resorte, se puso de pie. Señalando a Elvira, dijo:

—¡Ella! ¡Ella la sabe!

Y, sonriéndole, agregó:

—Animate, estamos en familia.

Elvira se puso de pie sintiendo que cien ojos se posaban sobre ella. Le pareció que el estómago se le encogía un poco y que la cabeza se le volvía más ligera.

«No te desmayes» se dijo a sí misma, desesperada.

Pero sabía que no le iba a pasar nada. Se sentía fría, distante, como si todo aquello le estuviera pasando a otra persona. Tuvo la sensación de ser un títere manejado por alguien que vivía en un universo paralelo.

Cuando se paró junto al guitarrista, la recibió un candoroso aplauso.

—¿En Re te parece bien? —le consultó el muchacho.

—Perfecto —dijo ella.

Tomó aire mientras su circunstancial compañero de escenario interpretaba la introducción instrumental del tema y, cuando llegó el momento adecuado, comenzó a cantar.

Ni ella misma sabía que era capaz de entonar tan bien. Relajada, cantó con el desparpajo con el que lo hacía en la ducha, o mientras andaba en bicicleta. Su voz se elevó dulce, segura, y poderosa. Cuando terminó, la ovacionaron y así se dio por finalizado el improvisado recital.

La gente la fue saludando mientras se retiraba. Muchos la felicitaron. Algunos, le preguntaron si estudiaba canto. Cuando respondió que no, le aconsejaron, con vehemencia, que lo hiciera. Una señora, con lágrimas en los ojos, le dijo que había sido lo más hermoso que había escuchado en su vida.

Cuando se quedaron solos, el muchacho de la guitarra se le acercó.

—Tienen razón —le dijo—, tenés talento. ¿De verdad no cantás?

Elvira sonrió.

—De verdad. Y lo mío no es nada, talento es lo tuyo. Cantás muy bien.

Mientras se ponía el estuche de la guitarra al hombro, el pibe le respondió:

—Sí, pero yo practiqué toda mi vida. Vos, simplemente, lo llevás adentro.

Después, levantó la mano a modo de saludo y se fue.

Elvira no volvería a verlo nunca más.

Roberto Howland estaba sentado en el último peldaño de la escalera, mirándola. Elvira no había notado antes su presencia. Se sentó junto a él y se quedaron un instante sin decir nada.

—Esta fue la mejor noche de mi vida y, por estúpida, casi me la pierdo. ¿En qué estaba pensando? —dijo ella, finalmente.

—Cantás muy bien —respondió Roberto, haciendo caso omiso de su pregunta.

—Gracias. Me arden un poco las muñecas.

—Son los nanites, trabajando. Si la sensación se vuelve muy molesta, podemos reducir el ritmo en el que operan. Pero cuanta más comezón, más rápida la recuperación.

—No, está bien —dijo Elvira—. Puedo aguantarlo.

Se volvió a hacer silencio entre ellos, y el tic tac de un enorme reloj de péndulo que había en un rincón de la habitación pareció dominarlo todo por un instante. Elvira miró a Roberto y notó que, aún de noche, seguía con sus gafas oscuras puestas.

Él se encogió de hombros.

—Las uso por comodidad de los demás, no mía —le dijo—. Hace mucho tiempo sufrí un accidente. Ahora tengo unas prótesis oculares artificiales. En lugar de ojos, tengo cámaras conectadas al nervio óptico. No son del todo agradables de ver. Pasó hace mucho tiempo. Antes de los nanobots y ese tipo de tecnología.

—¿Y no podés operarte ahora?

—Ya es tarde. Antes de que me extirparan los ojos se podría haber hecho, utilizar los nanites para reparar el daño. Pero ahora no hay nada qué reparar. Los nanites pueden sanar los tejidos, pero no crearlos desde cero.

»De todas formas, no lo haría. Mis implantes ópticos son parte de mí, parte de lo que soy.

La siguiente pregunta salió de los labios de Elvira sin premeditación alguna.

—¿Estás enamorado de mi mamá?

Roberto sonrió y, por primera vez, Elvira vio que lo hacía con sincera alegría.

—Ya no —dijo—. Al menos, eso creo. Pero fue el amor de mi vida. De otra vida, muy muy lejana. Estuve muy enamorado de ella alguna vez.

—¿Y qué pasó?

—Ella me dejó. En ese momento decía que quería ser independiente, vivir su vida… no estaba lista para casarse. Al final fue para mejor. Un par de años más tarde yo conocí a mi mujer, me casé, y tuvimos a Benjamín, nuestro hijo.

—No imaginé que estuvieras casado.

—Enviudé —dijo Roberto. —Mi mujer y mi hijo murieron en el mismo accidente que me dejó ciego.

—Lo siento mucho —dijo Elvira.

—Yo también —dijo Roberto.

Luego de reflexionar unos minutos, la muchacha comentó:

—Creo que ahora entiendo por qué no quisiste operarte los ojos, supongo que es una manera de recordarlos, ¿no?.

Como afirmando sus palabras, Roberto lentamente se quitó las gafas. Sus cuencas oculares estaban ocupadas por unos dispositivos casi idénticos a cámaras de video. Eran negros y sobrios.

Y, sin embargo, pensó Elvira, parecían más vivos que sus propios ojos.

—Soy afortunado de sentir este dolor —dijo Roberto. De pronto, pareció mucho mayor de lo que era, como si en vez de sesenta tuviera ciento veinte años. —Es la huella que dejó un amor enorme que sentí, algo que mucha gente no llega a experimentar en toda su vida. Es un homenaje a Benjamín y a Clara. En tanto mi corazón siga partido, es un testimonio de que ellos existieron y no fueron olvidados.

—Tomá esas alas rotas y aprendé a volar —dijo Elvira, traduciendo la letra de Lennon y McCartney.

Roberto volvió a sonreír mientras se volvía a poner los anteojos.

—Exactamente.

Fue lo último que dijo antes de irse y dejar a Elvira sola, allí, al pie de la escalera.

Al día siguiente, al entrar a su consultorio, el cirujano encontró a su paciente preferida sentada en una de las sillas blancas. Sobre su regazo, Elvira sostenía la vasija gris con líneas doradas.

—¿Qué hacés acá? —le preguntó Roberto. En su voz no había reproche alguno, sólo curiosidad.

—Kintsugi —dijo Elvira, señalando la vasija. —Es una técnica japonesa. Cuando una vasija se rompe, el orfebre, en vez de repararla con más arcilla y ocultar las fracturas, utiliza polvo de oro para resaltarlas. La idea es respetar el objeto y la noción de que su historia lo hace más bello e interesante.

Roberto sonrió.

—Así es. Tengo esa vasija conmigo hace años. La fabricó mi hijo, y yo la reparé cuando se rompió.

Elvira la dejó con cuidado sobre el escritorio antes de decir:

—Ayer la pasé muy bien. Cantando ahí, adelante de todo el mundo, por un instante, fui feliz. Creí que nunca iba a volver a sentirme así.

El cirujano no dijo nada. La escuchaba con atención.

—Hoy por la mañana me acordé que hubo otros momentos en los que me sentí igual. Pero la mayoría de ellos perdieron ya todo significado. Sé que están ahí, puedo recordarlos, pero no puedo sentirlos.

—Normalmente el olvido tiene ese efecto —dijo Roberto. Había algo de dureza en su voz, pero a Elvira no le molestó. Sintió que estaba bien. Que era necesaria.

—No quiero olvidar —dijo Elvira. —Quiero agarrar estas alas rotas, y aprender a volar.

Roberto fue hasta su escritorio, abrió un cajón, y sacó de su interior una pequeña cápsula. Dentro del recipiente de plástico transparente había una sola pastilla de color rojo. Lo dejó sobre el escritorio.

—Gracias —dijo Elvira.

Tomó la cajita de plástico y la abrió. Sacó de adentro la pastilla, y la retuvo en su mano. Miró a Roberto.

—Mi mamá me va a venir a buscar al mediodía. Vamos a ir al consultorio de un psicólogo que atiende en la ciudad, a un par de horas de acá. Vuelvo para la sesión de nanoterapia de la tarde.

 —Me parece muy bien —dijo Roberto—. ¿Necesitás agua?

—No, está bien —dijo Elvira, antes de tomarse la pastilla.

Cuando las lágrimas regresaron, las recibió agradecida.