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La rosa, la niña y el fantasma triste

La tierra se arremolina en círculos bajo el soplo de esta brisa suave que mece al mundo. Han pasado cuarenta décadas desde la última vez que oí una voz humana resonar en este paraje yermo. Es una campiña que florece bajo el sol, donde se levantan las ruinas de lo que alguna vez fue una pequeña casa de paredes blancas. Refugiado entre estos muros heridos estoy yo. Soy un fantasma.

Todo comenzó hace ya más de medio milenio, en la época del apogeo de la raza humana. Los hombres habían llegado a ocupar toda la Tierra, las comunicaciones habían unificado razas, naciones y civilizaciones y en menos de 24 horas se podía alcanzar hasta el rincón más recóndito del globo. Habíamos llegado a la Luna y también a Marte, y había un grupo de seis a ocho personas que vivían por largos períodos en el Espacio, en una estación internacional. Uno podía comunicarse al instante con cualquier persona en el planeta y encontrar, sin demasiado esfuerzo, grupos de gente que compartiera sus ideas e intereses y estuviera dispuesta a aceptarlo como parte de su comunidad. Había más de ocho mil millones de seres humanos en el mundo, todos unidos por la magia de la tecnología; y yo estaba solo.
En aquellos días –cuando estaba vivo- me desempeñaba como abogado. Era bueno en mi trabajo. Tras hacer bastante carrera dentro del Poder Judicial de mi nación me retiré de la función pública e inicié mi propio estudio privado. Llegué a amasar una interesante fortuna tras haberme involucrado en los casos de mayor resonancia a nivel internacional. Pero me sentía desdichado y solitario. Solía vestirme con ropa informal y salir a caminar por las noches. Iba hasta la orilla del mar y miraba las estrellas, mientras se me atragantaban los recuerdos de las mujeres que amé, pero nunca me correspondieron. Cuando cumplí cincuenta años, una de las muchachas que trabajaba en mi estudio me regaló un bonsái. No supe cuidarlo y se me murió. Entonces mi depresión tocó fondo.
Preocupados por mi terrible estado –no comía hacía días, no dormía tampoco y no quería levantarme de la cama-, algunos conocidos me internaron en una clínica. Mi habitación estaba en el quinto piso, así que debí haber recorrido unos 15 metros cuando me arrojé por la ventana hacia el vacío. Jamás olvidaré ese salto. El viento golpeando en mi cara, el vértigo de la velocidad, el suelo acercándose deprisa y el abrazo gélido de la vieja Muerte. Morí al instante.
Me puse de pie y allí estaba mi cuerpo, destartalado sobre el suelo. No daré detalles para no abrumar a nadie, pero era un espectáculo bastante sangriento. Al instante se apareció el Arcángel Miguel a mi lado. Como siempre, fue breve y conciso.
– Alberto, soy el Arcángel Miguel, jefe de los ejércitos celestiales y paráclito de las almas que abandonan la vida terrena. Al suicidarte has interrumpido el crecimiento de tu alma en una etapa decisiva. Jamás conociste el amor ni la entrega, por lo que no has llegado a conocer a Dios siquiera en su forma más simple. Por lo tanto, no puedes elegir libremente estar con Él, porque no sabrías qué es lo que estás eligiendo. Sin embargo, tampoco has conocido la maldad ni el odio, por lo que no te encuentras preparado tampoco para elegir la Condenación Eterna. Estamos ante un dilema difícil y quiero que comprendas que no estamos castigándote, sino dándote otra oportunidad. Aún despojado de tu cuerpo terrenal, deberás permanecer en la Tierra. Aprovecha este tiempo para completar tu maduración, intenta aprender y mejorar. Si no lo haces, te quedarás así el resto de la Eternidad. Elegir un camino u otro depende sólo de ti.
– ¿No podrías enseñarme tú un poco? No estoy muy cómodo con esto de ser un fantasma.
– Si yo interviniera, Alberto, tus decisiones dejarían de ser libres. Yo he visto a la cara al Señor y me he regocijado en su presencia. Mi amor por Él no tiene límites y por otro lado, no conozco el mal. El único resultado posible sería inclinarte indefectiblemente a elegir a Dios y tu libertad quedaría profundamente dañada.
– Entiendo, igual gracias.
Sin más, desapareció. Miré a mi alrededor y lo que vi me llenó de asombro: el mundo se movía con impresionante lentitud. Veía a la gente que recién estaba volteándose a verme, porque recién entonces les llegaba el sonido de mi caída. Las sábanas que arrastré conmigo al tirarme estaban aún flotando cerca del suelo, terminando de caer. Una paloma asustada por mi precipitación había levantado vuelo y podía ver cómo se movían lentamente cada una de sus plumas. Noté que podía manejar la percepción del tiempo a voluntad e incluso retrocederlo. Imaginé una enorme cantidad de experimentos para hacer: épocas que visitar, lugares que recorrer… pero la apatía que me gobernó toda la vida se impuso y terminé por fijar un ritmo temporal equivalente al que había experimentado en vida. Fui a mi propio funeral y con tristeza noté que no había asistido nadie.
La pena no me abandonó, a pesar de todo. Me alejé de los hombres y de la ciudad. Vagué por largos años entre sierras y praderas, entre bosques y costas. Llegué al fin a esta casita abandonada, en medio del campo. Desde entonces siempre he rondado por aquí. La gente solía venir poco por estos pagos y últimamente ni aparecen. En mis últimas exploraciones por las cercanías noté que las ciudades empezaban a empequeñecerse y la presencia humana era cada vez más rara. Quizás se estén concentrando aún más, en ciudades más grandes. Quizás ya hayan empezado a decaer, a mermar en poder y en número. Nada es para siempre y supongo que la humanidad tampoco lo es.
En estos quinientos años y algo más he aprendido muchas cosas sobre mi condición fantasmal. Para empezar, tengo una percepción absolutamente distinta de la realidad. Es lógico, puesto que ya no tengo sentidos para captar el mundo y mi alma se relaciona directamente con todo el Universo. Puedo sentir cada atisbo de vida que me rodea, desde las aves que surcan el cielo hasta las diminutas bacterias que trabajan en el lodo. Puedo percibir la vida latente de los granos y las semillas, comprender los primitivos impulsos de los insectos y las arañas. También he notado que soy capaz de influir mínimamente en mi entorno, pero de una forma radicalmente distinta. Los objetos y los animales parecen reaccionar de alguna manera a mis emociones. Cuando me irrito, las paredes de la casa tiemblan y todos los seres vivos que están cerca se quedan inmóviles y aterrados. Cuando me encuentro feliz, la vida transcurre más fácilmente para ellos y la atmósfera se vuelve más agradable. Pero no estoy ni un paso más cerca de cumplir con las órdenes del Ángel y lo sé. Estoy condenado por la Eternidad.
Es que no puedo con mi naturaleza. He visto tantas atrocidades cometidas por los hombres hacia los hombres que he perdido la fe. Jamás conocí una mujer que le fuera fiel a su pareja y mucho menos un hombre que hiciera otro tanto. Me traicionaron demasiadas veces y me han decepcionado tanto que ya no puedo creer en nada. No hay salida. Seré un fantasma hasta que el mundo deje de ser tal.
Pero ahora percibo algo distinto. Una dulce presencia se acerca caminando tranquilamente por la campiña. Es una muchacha, cuyo cabello parece estar hecho con hebras del propio Atardecer y sus ojos haberse inundado de la miel más transparente y luminosa. Y diminutos diamantes emergen de ellos, benditas lágrimas que riegan la tierra y dan forma una tristeza abrumadora.
La niña entra en la casa y yo me repliego para no asustarla. Trato de mantenerme quieto, para que no la espante mi presencia. Está cansada. Ha caminado mucho y tiene que caminar mucho más. Veo en su mente que ya casi no quedan personas, que se han separado enormemente en pequeñas poblaciones aisladas y que se ha perdido el contacto entre aldea y aldea. La naturaleza reclama nuevamente el mundo y en medio de inundaciones y tormentas, toda la raza se encuentra amenazada. Ella va en busca de esperanzas, pero es ella misma el objetivo de su búsqueda. En su viaje se convertirá en una persona sabia y precavida, inteligente y audaz. Ella unirá nuevamente a los hombres bajo una sola nación y asegurará la supervivencia de la especie. Todo ello está marcado a fuego en su alma, en su potencial impresionante. Pero ahora, todo peligra. Ella está abatida, cansada, angustiada y sola. Empieza a perder la fe, a rendirse. Sólo necesita un breve empujón, una palabra de aliento, un gesto que la alimente… ¿pero qué puedo hacer?
Entonces percibo, adormecida, en un rincón de la estancia, bajo una capa de tierra que la ha protegido por años, una pequeña semilla. Es una rosa en potencia, que espera mejores condiciones de clima y luz para germinar y crecer. Todas mis percepciones se vuelven hacia ella, todos mis deseos de ayudar a aquella pobre desventurada en su enorme empresa. Y algo se enciende en mí, un sentimiento poderoso que me obliga a estremecerme por entero y pienso en la niña y en la humanidad y pienso en el Dios generoso que puso toda la vida sobre el mundo y en las maravillas que me rodean. Por un instante, me olvido de mí mismo, dejo de ser para ser uno con el Cosmos y entonces la semilla responde. A través mío se obra un pequeño milagro y la rosa, en un segundo, crece y florece hasta alcanzar la plenitud de su belleza. Entonces la niña la ve y reconoce en ella un milagro. Puedo sentir cómo la esperanza vuelve a arder en su pecho con una llama ahora inextinguible. Sonriendo, la muchacha se aleja, para nunca volver. De pronto me doy cuenta de que el Arcángel Miguel está a mí lado.
– Al fin lo has comprendido todo, Alberto. Esto que acabas de experimentar es el verdadero amor, cuando uno deja de ser quién es para ser uno con Dios y todo egoísmo se desvanece. Ha sido sólo una pequeña muestra de lo hermosa que es la comunión con el Señor, apenas un pálido y pequeño anticipo de lo que será la eternidad junto a Él. ¿Eliges venir conmigo?
– Sí, Miguel – le digo y de pronto empiezo a desvanecerme. Sigo siendo yo mismo, pero ante mí hay tanta belleza, tanta paz y tanto amor, tanta perfección e inmensidad que me siento diminuto e inexistente.
La mirada de Dios se posa sobre la mía y ya no hay más que profunda felicidad.