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Linda broma, Gutierrez

Aquel movimiento le mareaba, pero no podía dejar de mirar. La moneda giraba incesantemente a una velocidad impresionante y venía haciéndolo desde hacía horas. El experimento le resultaba absolutamente estúpido, pero tenía que hacerlo. Además, ya era una cuestión de honor, estaba decidido a no dejar que aquel pedazo de metal redondo e idiota lo venciera. Le ganaría, fuera como fuera.

Nigel Whitersen era el hombre más joven que en ese momento servía en el espacio, y tenía 24 años. De cabello rubio y corto, ojos azules y casi dos metros de altura, suponía un buen partido para cualquier mujer en la que él pudiera interesarse. Lo habían lanzado hacía una semana en dirección a la Luna. El viaje duraría siete días más.
Estar solo en medio del espacio es asunto complicado. Uno tiende a aburrirse terriblemente, y las condiciones de encierro, oscuridad y hostilidad llevan a muchos a la depresión y la angustia. Permanecer ocioso las dos semanas de viaje es absolutamente nocivo para la psiquis humana, por lo que normalmente a cada astronauta se le es asignada una enorme lista de experimentos y pruebas para realizar durante el viaje.
Y aquella era una de estas experiencias, a decir verdad, la primera que intentaba. Aprovechando la falta de gravedad debía suspender una moneda en el aire y hacerla girar a la mayor velocidad posible para estudiar diversos datos. El más importante era el obvio: calcular el porcentaje de veces en que se detenía ofreciendo una de las caras hacia arriba –o lo que él arbitrariamente consideraba “arriba” en función de la orientación de su silla y de los controles- y la cantidad de veces que la ofrecía hacia abajo.
Pero aquel sencillo experimento se le había ido de las manos. Para empezar, cada vez que “arrojaba” la moneda, ésta giraba por espacio de 16 a 21 horas hasta que la fricción con el aire que contenía la nave, y que él mismo respiraba, la detenía. Era una tardanza insoportable, pero aquel era el menor de sus problemas.
Cuando habían pasado sólo 20 horas desde el lanzamiento ya Nigel empezaba a sentirse aburrido. Así que, siguiendo el protocolo, tomó la lista de experimentos y le dio una superficial mirada. La experiencia de tirar la moneda en gravedad lo atrajo de inmediato: él tenía cierta tendencia hacia el juego y había dirimido infinidad de apuestas mediante ese método. Antes de poner a girar la moneda por primera vez hizo, sin pensarlo, su apuesta. “Cara” pensó él, y puso la moneda a girar. Salió seca.
Lo había intentado ya diez veces desde entonces, todas con el mismo patético resultado. En contra de toda ley de estadística y de lógica, la moneda siempre terminaba en la misma posición: mostrando los números que representaban su valor de cara a la escotilla principal.
Al séptimo día de viaje, Nigel estaba desesperado. Ya se había salteado dos turnos de los que tenía asignados al sueño en pos de vencer a aquel diminuto infierno metálico, y la moneda seguía burlándolo. Estaba al borde de la desesperación. Desde la base en la Tierra lo habían animado a abandonar el experimento y seguir con cualquier otro de los que estaban en la lista, preocupados por su estado de salud. Arguyeron mil excusas: que quizás la moneda estuviera ligeramente imantada y reaccionara con algún instrumento de la nave, que al ponerla siempre en la misma posición y darle más o menos el mismo impulso el resultado era siempre el mismo, que se había dado una coincidencia enorme y nada más… pero Nigel había apostado a “Cara” y no cejaría en sus esfuerzos hasta que aquel irritante oráculo de dos respuestas se dignara a ofrecerle la que él pedía. Además, todo eso ya lo había pensado. Sus delicados instrumentos no indicaban la presenecia de ningún campo electromagnético. Varió la posición inicial de la moneda y el vigor del impulso. También probó realizar lo mismo con otros objetos: una de sus lapiceras, un guante y hasta una de las raciones de comida. Todos dieron resultados positivos: mostraron en una oportunidad una cara, y en otra oportunidad otra. Sólo la moneda se empecinaba en hacerlo perder. En algún momento uno de los ayudantes de la base, un tal Gutierrez, encargado del preparado de los materiales para los experimentos, quiso hablar con él. Se le notaba preocupado, como si el pobre pudiera tener alguna culpa sobre el resultado de aquel maldito experimento. Nigel siquiera lo escuchó. Le dijo que no se preocupara, que sabía que él no tenía la culpa y que continuaría arrojando la moneda hasta que ésta se dignara a mostrarle lo que él quería ver.
Pasaron ocho horas más y la moneda agonizaba. Cada lenta vuelta duraba casi un minuto y aquello hacía la espera insoportable. Nigel esperaba, con sus dedos inquietos jugando en las cercanías del botón que regulaba el soporte de vida. La moneda giraba cada vez más lento hasta que, finalmente, se detuvo. Nigel se estiró y echó una ojeada. Otra vez seca. Frustrado, lanzó un manotazo a la pared que dio justamente sobre el control. El golpe fue demasiado fuerte. La perilla había quedado despedazada sobre la posición de “apagado”.
Poco a poco el aire se fue consumiendo y la temperatura descendiendo. Los filtros estaban apagados, la calefacción también. Nigel gastó sus últimas fuerzas en un intento inútil de girar la perilla a la posición de encendido, pero no hubo forma. Estaba condenado.
Con el último aliento, Nigel vio a la moneda pasar flotando sobre sus ojos, girando lentamente a la luz de la Luna, y entonces lo vió.
-Linda broma, Gutierrez – fueron sus últimas palabras.
Una semana después, los astronautas de Estación Luna recibieron una nave. Al abrirla, encontraron en su interior a un astronauta congelado y asfixiado y junto a él, una moneda que tenía ambos lados iguales.