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Noche

—91 —dijo John. —Y sigue bajando.

Thomas no lo miró, su vista estaba fija en la pantalla de navegación. Tenía el ceño fruncido y el cuerpo rígido, mientras trataba de mantener un perfecto control sobre la nave. Empuñaba con tanta fuerza la palanca de mandos que las venas de sus antebrazos y de su frente parecían a punto de estallar.

—90 —informó John, casi en un susurro.

Thomas podía verlo. Avanzaba inexorablemente, girando a la luz del sol: una roca inmensa, de varios kilómetros de diámetro, y de forma casi esférica. La superficie del asteroide que se abalanzaba sobre ellos estaba fuertemente maltratada por millares de cráteres de impacto. Si no hacían algo, pronto iba a tener uno más.

—89 —insistió John.

Hacia abajo no tenían salida. La densidad del campo de asteroides era demasiado grande. A babor no podían moverse: uno de los impactos les había arrancado los propulsores del lado derecho. Delante de ellos, el enorme asteroide no dejaba de avanzar; sólo quedaba ir hacia estribor, aunque eso suponía quedar de cara a la estrella, con el filtro de luz dañado. Thomas se decidió.

—Andá a la bodega —le dijo a John.

—No, esperá. Seguro podemos encontrar otra salida.

—No tenemos tiempo. Andá, y tratá de liberar alguno de los trajes. Con un visor te alcanza.

Thomas no lo miró, y John supo que no tenía sentido insistir.

Con pesar, caminó hasta la escotilla de popa, y salió de la cabina.

Thomas se tomó un segundo para mirar. Observó el campo de asteroides que rodeaba al sistema: miles de rocas que brillaban parcialmente al sol. Eran como motas de polvo flotando en un rayo de luz. Más allá, la galaxia se mostraba en todo su esplendor: la luz de los astros incendiaba el tenue vapor de las nebulosas distantes en iridiscentes rojos, azules, y blancos esplendorosos.

El asteroide seguía avanzando hacia ellos. Sólo le quedaba un instante, y lo disfrutó lo mejor que pudo. Finalmente, viró el mando y aumentó la marcha. La nave comenzó a describir una ancha curva en el espacio, saliendo de la trayectoria de colisión.

John avanzó con dificultad por entre los despojos que cubrían toda la nave. Los impactos habían sido brutales. Ahora, cada cosa que no estaba aferrada a algo, flotaba al azar por la bodega. Él se protegía la cara con los brazos, tratando de evitar que nada lo golpeara, mientras avanzaba lentamente.

Las cajas estaban amontonadas al fondo, contra un rincón. Casi no había luz, y era imposible distinguir unas de otras. Flotaban en el vacío y chocaban entre sí todo el tiempo. Si no tenía cuidado, corría el riesgo de terminar aplastado por la masa de alguno de esos enormes cubos de metal.

Trató de pensar. Intentó deducir cuál podría haber sido la trayectoria de los bultos al interrumpirse la gravedad artificial, para reducir así su búsqueda. Luego, usó los pies para impulsarse pateando el suelo, y se elevó por el aire hasta rozar el techo. Con las manos logró detenerse, y con cuidado aferró una de las cajas. No tenía que lidiar con su peso, pero sí con su inercia. Si la movía demasiado rápido, después no iba a poder detenerla. Y, terminar aplastado por una de esas moles, era lo que menos deseaba.

Probó moverla lentamente, cuidando de no rozar siquiera las demás, y logró sacarla. Abrió los cerrojos un poco, y miró en el interior. No era la que buscaba.

Volvió a intentarlo con otra caja, y con otra más. Reconoció que Thomas había tomado una buena decisión. Aún si hubieran ido juntos a buscar a la bodega, para ese momento, sin el cambio de curso, ya hubieran sido aplastados.

Finalmente, encontró lo que buscaba. Tomó sólo el casco de uno de los trajes espaciales, y de inmediato volvió, casi llevándose por delante todos los obstáculos. Sabía que ya era tarde, pero no le importó.

Entró en la cabina, y vio que la estrella estaba ahora de frente a la nave, y su luz entraba a raudales por la ventana cuyo filtro se había dañado. Ya estaban lejos de la órbita del asteroide que a punto estuvo de destruirlos, así que podían volver a corregir el rumbo. Conducirían la nave hasta la estación espacial más cercana, donde podrían repararla.

Sobre la consola de mandos, John vió que Thomas había colocado las fotos de su familia: su esposa, Julia, y sus hijos Ben y Bárbara.

Sus rostros eran lo último que había visto, justo antes de quedarse ciego.