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Una en 10999.999.999

El mismo cuadro se repetía al menos una vez a la semana. Él llegaba de trabajar y ella estaba frente a la computadora, chateando con sus amigas o subiendo fotos a Facebook. La comida no estaba lista, la cama sin hacer, los platos sucios, las cuentas sin pagar. A cada requerimiento de él, ella ensayaba alguna excusa: me olvidé, mañana lo hago, no tuve tiempo, lo hice pero después pasó tal cosa… La situación era la misma cada día, sólo que él, más o menos una vez por semana, se sentía lo suficientemente enojado como para amagar a irse. A veces llegaba incluso a armar el bolso. No quería dejarla, quería que ella reaccionara. Se sentía usado, cansado y tenía la fuerte convicción de que merecía una vida mejor. La imagen que él tenía de sí mismo era la de un hombre –que vendría ser él-, arrastrando una piedra enorme –que vendría a ser su esposa-, por un desierto inmenso y solitario –que vendría a ser la vida misma-. Había intentado todo: hablar de forma tranquila, enojarse, retarla, quitarle el dinero, pegar en la heladera una lista de tareas. Ella esquivaba todos sus métodos y a veces hasta se las arreglaba para echarle a él la culpa. Y él se desesperaba.
Ese día en cuestión, algo sucedió. Una situación tonta, inocente casi, algo que normalmente hubiera sido olvidado al instante por todos los implicados pero que, en ese contexto específico, tuvo una significación enorme. Él salía del trabajo y, en la vereda de en frente, una chica tropezó. Él cruzó en dos saltos la calle y la ayudó a levantarse, mientras la desconocida era víctima de un ataque de risa. Cuando vio que estaba bien, él también se animó a reírse. Cruzaron dos palabras de gentileza y se despidieron. Pero cuando llegaba a la esquina, él volteó para mirarla y ella estaba parada allí, a cien metros de distancia, mirándolo y sonriéndole. Ella gritó un “gracias” y desapareció. Y él redescubrió la dicha de que alguien lo valorara, aunque fuera sólo un poco.
Así que esa noche, cuando llegó a su casa, reaccionó en serio. Le dijo a su mujer que él no tenía por qué soportar tanto desprecio y tanto maltrato. Estaba harto de que lo ignoraran, estaba harto de trabajar como un idiota para que otros gastaran su dinero. Armó el bolso, pero no lo hizo de esa forma compulsiva y atolondrada de siempre. Lo hizo tranquilo, se buscó su tiempo para encontrar sus bienes más preciados, para doblar la ropa y acomodar sus pertenencias en la valija. Ella supo que él en verdad la dejaba. Y se desesperó.
A veces las personas toman decisiones impulsivas, sobretodo cuando están aterradas. Ella se aterró. Pensó que de verdad iba a perderlo, empezó a llorar y a rogar, pero él no la escuchaba. Se sintió despreciada, le molestó que la ignorara y se enojó. Como él no reaccionaba, su enojo fue en aumento y en algún momento, sin pensarlo demasiado, ella tomó el arma que él guardaba en un cajón y disparó.
Si uno mira en el interior de un átomo –es una forma de decir, porque no hay manera de “ver” un átomo-, encontrará que en realidad, está bastante vacío. Alrededor de un núcleo muy pequeñito, los electrones bailan en órbitas más o menos definidas pero bastante alejadas. Entre átomo y átomo, tampoco hay nada. La materia, a pesar de parecer sólida, es en realidad bastante hueca. Estamos rellenos de puro vacío.
Es posible, aunque poco probable, que un átomo atraviese a otro sin tocarlo. Si las partículas subatómicas se alínean de manera correcta, los átomos pueden pasar muy cerca sin tocarse. En teoría, una persona podría atravesar una pared, o una bala a un tipo, sin que ningún átomo choque contra otro. Es una posibilidad remotísima. Quizás de una en 10999.999.999. Pero incluso las probabilidades más remotas pueden darse alguna vez.
Ella disparó y al instante se arrepintió. En menos de una millonésima de segundo tuvo deseos de volver atrás el tiempo, de que ocurriera un milagro, de que la remotísima posibilidad de que la bala no lo tocara se diera, o de que pasara cualquier cosa. Y algo sucedió, porque la bala, a pesar de seguir una trayectoria casi recta que atravesaba su cuerpo, no lo tocó y quedó incrustada en la pared de atrás.
Él por un segundo se quedó de piedra, después reaccionó y le quitó el arma. Vació la recámara, le quitó el cargador y la tiró por la ventana. Lejos de tomar el hecho como un milagro, o como una señal, él se convenció de que ella estaba loca y estuvo seguro de que ya no la amaba.
Entonces, sin besarla, sin mirarla siquiera, se fue para siempre.