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Desperfecto

—¿Y si…? —comenzó a decir Alfredo, pero la certeza de que Rubén iba a rechazar su idea lo asaltó de pronto, e hizo silencio. Delante de ellos se alzaba una gigantesca pirámide escalonada de metal de cien metros de altura. A pesar de estar emplazada sobre roca sólida, en los puntos de apoyo se observaban fracturas. Aquella máquina era enorme. Se trataba de una Unidad de Terraformación Estándar, un complejo sistema automatizado integrado por miles de procesos robóticos coordinados. Su función era convertir planetas estériles como aquel en hábitats aptos para la Humanidad.

Noche

—91 —dijo John. —Y sigue bajando. Thomas no lo miró, su vista estaba fija en la pantalla de navegación. Tenía el ceño fruncido y el cuerpo rígido, mientras trataba de mantener un perfecto control sobre la nave. Empuñaba con tanta fuerza la palanca de mandos que las venas de sus antebrazos y de su frente parecían a punto de estallar. —90 —informó John, casi en un susurro. Thomas podía verlo. Avanzaba inexorablemente, girando a la luz del sol: una roca inmensa, de varios kilómetros de diámetro, y de forma casi esférica. La superficie del asteroide que se abalanzaba sobre ellos estaba fuertemente maltratada por millares de cráteres de impacto. Si no hacían algo, pronto iba a tener uno más.

El alquiler

La casa estaba para la renta desde hacía muchísimos años; tantos, que nadie podía precisar exactamente cuántos eran. Algunas vagas ideas recorrían las calles del barrio, en formas de chismes y leyendas urbanas. Al parecer había vivido allí Don Eulasio Juárez, uno de los sobrinos-nietos del fundador de la ciudad. La casa había sido una de las primeras del barrio, construida aproximadamente en el mismo sitio donde antes estaba el casco de la Estancia Las Mercedes, que perteneció a la familia fundadora. Si todos estos datos eran ciertos, la casa debía haber permanecido deshabitada unos setenta años.
Ramón Huan, el martillero chino, era quien tenía en sus manos el negocio del alquiler de la casa.

El Diablo en Varsovia

El sol descendía lentamente sobre el horizonte, y una línea de penumbras iba trepando los ancestrales muros de Varsovia. Satanás estaba parado en la plaza, viendo la gente pasar y pensando cómo se complacen los hombres con las mentiras. El verdadero centro histórico de Varsovia había sido destruido casi totalmente en la guerra. El sitio donde él estaba parado ahora, con su aspecto tan medieval, era una patraña. Una reconstrucción meticulosa, casi perfecta, de lo que había sido la ciudad antes de los morteros y la sangre, pero al fin, una mentira. El Viejo Zorro miró buscando presas a quienes tentar. Tardó poco en ver a un hombre de apariencia mediocre, sus mejores presas. Algunos idiotas condenan para siempre sus almas con tal de no verse en la obligación de mantener una charla demasiado extensa con un desconocido. El Infierno está lleno de antipáticos.

El Último Neanderthal

Hébel estaba cansado. Había estado cazando todo el día, pero sólo había conseguido atrapar a un conejo flaco y con poca carne, quizás —en años de conejo—, tan viejo como él. Sus cinco décadas de vida lo habían debilitado. Ya no podía empuñar la lanza con fuerza ni arrojar las boleadoras. Cazaba con la honda y a veces ponía trampas, pero su habilidad para construirlas dejaba mucho que desear. La que había sido hábil con las manos era su madre. Sabía trenzar cuerdas finas pero fuertes, hacer adornos con huesos y caparazones, y construir trampas mortales y certeras. En eso, Hébel no se le parecía en nada. Nunca se había tomado el tiempo necesario como para perfeccionar las artes manuales: él era un cazador, un guerrero. Si le hubieran dado a escoger entre tener que trenzar una cuerda o enfrentar solo a un oso en su propia cueva, hubiera escogido siempre lo segundo.

El Viejo de la Plaza

Cerca de mi casa hay una plaza. Es más bien un terreno baldío, propiedad del gobierno. No tiene juegos, ni es demasiado grande: ocupa a penas un cuarto de manzana. En ella los yuyos suelen estar altos en la periferia y ausentes en el centro, donde los constantes picaditos de los pibes del barrio han dejado sólo una extensión yerma de tierra negra y compacta. Cerca de uno de los límites que da a la calle hay unos viejos canteros de cemento y ladrillo que fueron en buena parte destruidos por años de vandalidades anónimas y por la desatención de las autoridades. Sin embargo, uno de ellos se sostiene lo suficiente como para dar asiento al peregrino. Cubre el lugar la sombra de uno de los árboles y el sitio es bastante acogedor. Allí solía estar sentado el viejo López.